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¡Ajá!, también hay hormiguitas carpinteras


Autor:Olga de León   |    Publicacion:14-01-2018

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Por más que la hormiguita escarbaba y escarbaba pretendiendo subir hasta la superficie, no lograba salir del hoyo en que había caído

Por más que la hormiguita escarbaba y escarbaba pretendiendo subir hasta la superficie, no lograba salir del hoyo en que había caído, pues ella no se había dado cuenta antes de empezar a luchar contra la arena, que no era tierra simple. Había volado por el viento asida a alguna yerba seca y escapado de caer antes, por esas cosas inexplicables que suelen pasar, o de puro milagro y, seguro, porque en ello tuvo qué ver lo que iba rezando mientras el destino y el ventarrón la sacudían.


En eso estaba, cuando repentinamente se vio encima de una pequeña tortuguita que llegó de entre la arena y sobre ella logró salir. Mas, ¡hete aquí!, que casi se desmaya al ver muy cerca el océano y comprender que para allá iba la tortuguita. Logró de un saltito bajar de la casita de la tortuga niña, para evitar que la llevara hasta la orilla del mar. …y que ella, tan chiquitita, fuera a dar mar adentro ahogarse y morir. -¡Uf!, exclamó, y se tranquilizó viéndose lejos de la orilla.


Entonces, caminó hacia atrás, para alejarse del peligro. Llegó una parte rocosa y allí decidió quedarse, mientras pensaba qué podía hacer para regresar a su mundo, a su hábitat… con sus hermanas, a quienes ahora apreciaba más y deseaba pronto estar en su colonia: ¡será lo mejor!, pensó como cualquier humano sensato.


Quizás por el cansancio, o porque ya empezaba a anochecer, la hormiguita trepada en la roca más alta y seca que encontró, se quedó dormida, profundamente dormida. Pasarían un par de horas, y la hormiguita se mueve y sacude las manitas y patas, como luchando contra algo o alguien: experimentaba una terrible pesadilla.


Por ningún lado veía a ninguna otra hormiga, había caminado mucho tiempo y demasiado espacio, aunque parte del recorrido lo hizo volando, no con sus alas, que las tenía porque aún era una hembra joven y no las había perdido, sino llevada por el viento que la arrojó hasta una playa desolada, sin humanos a la vista ni dónde obtener alimento. No había vegetación y nada dulce o algo que se le pareciera, las algas podían quizá servirle, pero nunca las había probado y, ¿cómo las conseguiría?


Se levantó de donde estaba y trató de encontrar una respuesta a la pregunta que además de la falta de alimento y de compañía, la atormentaba en su sueño: ¿Cómo saldré de aquí, hacia dónde me dirijo que no represente un peligro? Y, lo primero que le vino a la cabeza, fue aclarar: ¿en dónde estoy parada realmente? Quién me asegura que estas no son arenas movedizas y me mudaran de lugar en un santiamén, y solo dios sabe a dónde me lleven luego de que se muevan. En realidad, eso pasaba en su sueño. No había despertado.


Ya se sabe que de entre los insectos, las hormigas son de los más inteligentes, su cerebro les permite organizarse rápidamente y sus seis patas moverse no tan lentamente, además, sus antenitas son excelente brújula para encontrar otras colonias, nidos, alimento… y, ¡peligro!, el que detectan cuando algo o alguien las amenaza. Pero, esta inocente hormiguita, no tenía mucha experiencia, a pesar de que pronto perdería sus alas (lo que sucede con las hembras jóvenes, cuando ya no lo son tanto), así que sus antenitas no eran muy eficientes para detectar peligros, pues ella creía que la gran parte del mundo y sus habitantes eran buenos: menos o más: solía decir. No perversos.


Y, cuando despertó, cuando final y verdaderamente despertó, ya no estaba en ninguna playa, no había arena ni el mar podía verse desde donde ella se encontraba: todo era oscuridad, dureza y superficie más bien ríspida que suave. ¡Estaba dentro del tronco enorme de un gran árbol! Y, ella no era hormiga carpintera ni su piel negra, sino entre colorada y argentina: ¡era una hormiguita más bien fina y refinada, de buenos gustos; aunque de ratos malos, algunas veces! Por fin, logró sacar su inteligente testa de aquel tronco. Un tronco con muchos pasadizos internos, donde habitaban otra clase de hormiguitas hermanas, cada cual dentro de su correspondiente departamento, según su oficio y edad, pero todas eran carpinteras.


Bajo por la superficie externa del tronco, suavizada por el clima y el buen trato que recibiera del humano de aquellos lares, lo cuidaban y aceitaban de tanto en tanto. Puesta sobre el verde césped, la hormiguita miró amplia y detenidamente su horizonte, girando sobre sus patitas traseras, para darse cuenta de que estaba, ¡ni más ni menos que en el Campus de Harvard! Desde allí vio la Cooperativa y entendió por qué vivían tan cómodamente sus hermanas carpinteras, también lectoras asiduas que gustaban ya de trepar a una mesa para ver una partida de ajedrez, o retozar un rato en el fresco césped, comer dulces o ir en busca de alguna Magazine y elegir otros lugares para pasear o fincar más colonias.


¡Ajá!, ella creía haberse despertado. Nada de eso. Solo había acomodado esta última parte de su sueño a algo menos asfixiante, como enterarse de que en la playa donde originalmente se encontró tras el fuerte ventarrón, ya no estaba. Entonces, la respiración empezó a regulársele bajo su caparazón o piel, que es por donde las hormiguitas respiran, pues no tienen branquias.


Y así fue, porque a esta altura de su sueño, ya había resuelto el problema del alimento: césped por donde quiera, hojas, papel en la librería y bibliotecas, aulas y habitaciones de estudiantes. ¡Oh, qué maravilla!, podría comer; y como su cuerpo es capaz de cargar cien veces lo que ella pesa, entonces podría llevar consigo alimento para sus hermanas, pues temía que también hubiesen corrido la suerte de ella y aún no encontraran un buen lugar en donde pudieran construir sus nidos.


Esta aunque ingenua hormiguita, era muy aprensiva. Seguro, fue la mayor en su familia; pues pensaba: qué tal si del número de hermanas y colonias desapareció la mayoría con el “fuerte vendaval”; o, y si en realidad fue un huracán o un tremendo estornudo del volcán que estuvo dormido por siglos, y quizás había despertado y puesto al mundo, por lo menos al mundo cercano a su casa, “patas para arriba”; es decir, en total, qué digo desorden, sino devastación absoluta.


Mientras esas fantasías y realidades distorsionadas pasaban por la mente de nuestra hormiguita colorada o argentina –no se sabe bien a bien de cuál tipo era-, cuando aún dormía, la tortuguita niña que la había llevado sobre su lomo hasta casi tocar el mar, salió y regresó a la playa, y justo junto a las rocas donde la hormiguita se puso a salvo y descansaba para pensar con claridad: ¿qué hacer?, se echó aquella con la panza hacia arriba.


Solo se quedó así, un minuto, la tortuga, porque resbaló al chocar con la roca más pequeña y baja; instante que aprovechó para echar una miradita al firmamento que ya casi oscuro, estaba titilante de estrellas, para donde los ojos de cualquiera vieran. En tan apacible momento estaba la naturaleza toda alrededor, que podía escucharse el ronquido de una diminuta hormiga, como el brinquito de un grano de arena hacia otro lado o uno saltando sobre otro.
Entonces, la tortuga niña hizo un esfuerzo y, dando una media vuelta, quedó de nuevo con su capucha hacia arriba y el abdomen para abajo, al tiempo que exclamó: ¡cuántas mentiras dicen los hombres!, como cuando afirman categóricos que el mundo es redondo: siendo más plano que mi cabeza; si no, ¿cómo puedo moverme y no vivir siempre viendo solo arena o solo estrellas?, yo soy la que me muevo, no el mundo. Y, ¿qué es enorme? Estará ciego, lo que pasa es que hay muchos mundos, no solo el que él cree mirar siempre, y supone que allí estará para cuando vaya y regrese.…la hormiguita, quien ya tenía algunos minutos despierta, la escuchaba estupefacta y solo atinó a pensar, sin pronunciar palabra: ¡pobre tortuguita!, de qué le sirve vivir tanto, si nada aprende de sus años o siglos de experiencia. En fin, se dijo para sí, que el mundo ruede, que yo ya debo buscar a mis hermanas, y ver que todo esté bien por allá.


En eso cruzó el cielo una ave con un pergamino en el pico, que por poco deja caer en las aguas del océano; a tiempo se dio cuenta, que ese no era el Nilo. …y siguió su camino. Millones de años necesitan aún los hombres, para ser humanos.



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