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¡Solo para hormiguitas!

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Autor:Olga de León   |    Publicacion:14-10-2018

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¿Será que nada hemos aprendido de las hormigas? ¡

 

-Pero, qué torpeza la mía, ¡qué torpeza! Cómo pude confundirme con lo de la dirección… ¡no sé!, ¡no sé!... esto es un caos. ¡Con permiso, con permiso, perdone usted!, llevo demasiada prisa.


-Tras unos minutos de confrontación con la geografía, y de observar su reloj pulsera, la hormiguita, totalmente perturbada por su involuntario error o en lo que suponía que se había equivocado, comenzó a dar grandes zancadas e irse abriendo paso entre el resto de las gentes, sin preocuparse demasiado por no atropellar a algunos, ni porque esos algunos -¡o, todos!- la pudieran ver como desquiciada o espécimen extraño.


-Pero, si yo sabía muy bien hacia dónde me debía dirigir y también por dónde llegar más rápido… ¡Qué barbaridad!, parece que no sé ni dónde traigo mis antenitas. Cómo es que me salí del camino recto que me conduciría hacia la catástrofe, y he venido a dar con este otro lugar en el que nada parece haber sucedido ni requieren de mi ayuda: todos andan muy tranquilos y sin prisa: se decía para sí misma, mientras consultaba la hora y buscaba el mapa en Google, mi amiga del alma, la hormiguita colorada.


Cuando por fin, dio con la ubicación del lugar a donde quería llegar cuanto antes, buscó en su derredor algún vehículo o transporte que la llevara más rápido. Trepó en el andén del tranvía que pasaba por allí y que ella sabía la llevaría hasta la colonia “Jardines de Picos Altos”. Así, en menos de quince minutos ya estaba en terrenos recién afectados por el tremendo derrumbe que había sucedido esa mañana, y en el que perdieran la vida varios hombres, unos muy jóvenes, otros mayores, pero ninguna persona pasaba de los cuarenta y cinco entre los muertos y los desaparecidos.


-¿Cómo pueden vivir seres que se llaman desarrolladores o urbanistas?, -cuestiona a voz en cuello, la hormiguita; aunque nadie alcanza a escucharla -que permiten este tipo de construcciones y bajo condiciones de nula supervisión ni acato a las reglas de la física, ¡menos a las de seguridad y bienestar humano ni las que obligan a cuidar el entorno!, exclamó, ya con la voz entre cortada, casi ahogándose al ver las tres placas caídas y lo que quedaba de la construcción a medio caer.


-¿Quién es usted?, -le preguntó un policía; -al verla pálida del rostro, pero negra de las piernitas que le temblaban por la impresión. -Más que molesta, indignada, mi amiguita colorada, le contestó: -qué acaso no ve que estoy aquí para ayudar en el rescate de los cuerpos, o por si alguno -con mucha suerte- estuviera vivo. Porque como nosotros escarbamos, mis hermanas, amigas y familia, nadie lo hace igual, no con el sumo cuidado de que no se derrumbe ninguna otra parte de lo que está también por caerse…


-El policía, bien a bien, no alcanzó a escucharla, ella estaba demasiado abajo, él demasiado entretenido en alejar a los curiosos y a los de la prensa, del lugar. –Desolada por lo que vio, la hormiguita a una señal de una de sus antenitas, les indicó a sus amigas y hermanas que se volvieran por donde habían venido: nada podrían hacer para salvar alguna vida; su olfato le mandó señales de muerte y agonía, solamente.


-A quién culpar del desastre; ¡del accidente!, como mañana le llamarán todos. –“Son cosas que pasan”, se escucha por allí; -“la mano de dios no estuvo aquí a tiempo”, dijo otro. –“El destino… la falta de seguridad de la que carecen los trabajadores”, diría alguien mucho más humano y certero. -No, por la negligencia de muchos… u omisión, declararía luego alguien ante las televisoras.


-Y, ¿de la obra, de la construcción, quiénes son los responsables?... Silencio absoluto.


-No murieron ninguno de los dueños, ninguno de los que vendieron el terreno, ni de los que lo compraron, tampoco nadie de los que invirtieron en ese conglomerado o plaza comercial… ¿algún ingeniero o arquitecto o…? -Dios no lo haya querido, que no es lo mismo un albañil, incluso algún contratista, a uno de los meros, meros… -habrán de pensar muchos, y lo dirán algunos.


Entonces, nada pasó, nada pasará, todo seguirá igual: habrá más construcciones, más ventas de terrenos, más compradores, más inversionistas inmorales que adquirirán riesgos por los que luego no responderán.


“-Que muera un puñado de albañiles más, qué importa”. -No pasará de que se tenga que pagar algunos seguros que se inventarán al vapor, porque no los tenían… -Unos cuantos miles para las familias… -sí, también; seguían escuchándose las especulaciones.


–Y a nosotros, afectados en bolsillos y reputación, ¿quién nos pagará la deuda…?, tras el televisor encendido y sentados en sus mullidos o reclinables sofás, musitaban los sin conciencia… los dueños del poder, poder para seguir haciendo de las suyas. ¿Quiénes son, cómo se llaman? Nunca dan la cara.
-Que el cielo se tape los oídos y la lluvia no caiga sobre sus cabezas, que se les quede seco el corazón y ausente el alma a esos cuerpos sin conciencia ni sensatez, “por los siglos de los siglos…”.

Aprendizaje tardío


Eran años de prosperidad… Quién habría de decirlo: el mundo cambiaría vertiginosamente y la comunicación sería instantánea, aunque los que se comunicaran estuviesen a leguas, muchos kilómetros distantes unos de otros. …Y la prosperidad se tornaría en pobreza.


Las hormigas, que han existido desde siempre, hace más de setenta millones de años, serían testigos mudos de las mayores calamidades y catástrofes provocadas por los hombres. Son de esos seres, que pueden ir rasgando el silencio y dejando huella en el camino, sin menoscabo de la naturaleza ni retardar su destino: siempre, ellas llegan a él o él a ellas, a tiempo. Por eso son ejemplo a seguir, según algunos estudiosos de su vida.


En Suiza y en el mundo, existen muchos estudios acerca de la vida de las hormigas; y entre ellos, los libros que ha escrito Keller. Él sostiene que nuestras vidas, la de los “humanos” se parecen en mucho a la de las hormigas (quizás deberíamos considerar no perder esta brújula). Su organización en grupos, su estructura política para lograr que la reina y su descendencia nunca se pierda; el trabajo incansable de las obreras; la vida de los zánganos, su corto tiempo de vida, que se parece al de los hombres que nada o casi nada producen, pero tienen un fin último importante en la reproducción y supervivencia de la especie.


En fin, esto solo pretende ser un cuento, no el apartado de ningún compendio sobre las hormigas, a las que no porque crea que me les parezca, sino porque me encanta su interesante vida y organización, las amo y me gusta inventarles fábulas.


Pero, hay hormiguitas diferentes, son las que pretenden vivir sin ser vistas, sin lastimar, sin hacer alharaca por el poco bien que hagan y sin presumir de su abundancia, la que realmente nunca es tal y menos, monetaria. O, quizás nunca se han dado cuenta de cuán humildes, en razón de sus bienes, son. Y, ¿acaso son pocas? No, ¡qué va!, hay millones de millones como ellas. Son las que se dedican a dejar constancia de lo que pasa en el mundo, las que nos cuentan cómo se vive en nuestros tiempos, y cómo se vivió antes. También, a veces, anticipan lo que se vivirá en treinta o más años, después de que ellas ya no existan, ¡por eso son reinas!, sin serlo realmente, pues son obreras; aunque, muy especiales.


Ese día, después de varios de lluvia, tormentas, y otros tantos, grises y nublados días, el sol por fin se asomó entre los algodones del cielo. Pero, ¡oh! tristeza, la claridad que el sol le brindó al día, solo sirvió para que con sus propios ojos, la “humanidad” viera el desastre que sus decisiones habían causado: un cerro más que desgajaban para mercantilizar el área.


¡No se han llenado suficientemente sus bolsillos!, y cada año van tumbando más y más cerros, acabando con los árboles, con el verde de la región -en esta tan árida y seca zona noreste-, para vender terrenos y construir casas, negocios, lo que sea que les deje mayor plusvalía.


¿Será que nada hemos aprendido de las hormigas? ¡Claro!, nada; es más fácil que un día, ellas acaben pareciéndose a los “humanos”. Entonces, el mundo será un desorden total, caos absoluto. Los zánganos vivirán menos; las reinas ya no querrán reproducirse, y las obreras preferirán dormir parejo, ocho o nueve horas como las reinas lo hacían, y nadie vivirá para contar la bella organización que prevalecía en las colonias de las hormiguitas, en los tiempos prósperos.

 



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