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Un domingo de Ballet

En los aeropuertosEn los aeropuertos

Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:24-03-2019

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Y comenzó improvisando: En el Ballet, hay oportunidades que no se pueden dejar escapar…

La hija gemela del Jeque


Olga de León

La víspera de su partida, se habían despedido con un par de frases: ¡buenas noches!, ¡qué te vaya muy bien! Avisas cuando llegues… Lo de costumbre entre madre e hija.


En Fresno, la madre quedó atenta a saber si el avión en el que la hija viajaría salía puntual y si llegaría también a la hora establecida para conectar con el vuelo final. En la sala de espera antes de abordar, todo había transcurrido con naturalidad. No entró en contacto con nadie, así era ella; solo esperaba a salir.


Quizás por eso, no se dio cuenta de que un par de individuos, hombre y mujer, seguían discretamente sus movimientos desde el punto de partida: iban en asientos atrás de ella en el primer vuelo; observaron dónde colocó su equipaje de mano y vieron que su bolsa no la dejó debajo del asiento, la llevaba por un lado de ella junto a la ventanilla… ambos, mujer y hombre, se miraron decepcionados.


Ya en el aeropuerto de la Cd. De México, cada pasajero bajaría con su equipaje de mano y quienes tenían otro destino, si traían maletas documentadas, sabían que la propia aerolínea las pondría en el avión correspondiente rumbo a su destino. Ágil y calmada, ella salió de su asiento, bajó la maleta de mano y descendió del avión halándola suavemente. Localizó la sala en la que debía esperar hora y veinte minutos, antes de subir al segundo avión. Sacó un libro y estando a punto de continuar la lectura donde desde un día antes la había dejado empezada y señalada la página con un pequeño post de color verde limón, decidió ir por un café late (no tomé nada en la mañana, mínimo necesito un café y una galleta de granola, pensó).


Cuando caminaba y veía los diversos locales buscando el de la marca extranjera, cuyo café le gustaba, se detuvo e instintivamente miró detrás de ella. Fue la primera vez que vio a la pareja –sin que tuviera conciencia de que la seguían-, le parecieron conocidos, pero no le dio importancia, pues pensó que seguramente los había visto al subir al primer avión o en la sala de espera para el segundo… No se cuestionó más sobre ellos.


Regresó con su café en mano a la sala desde donde abordaría. Se sentó, dejó por un lado el café, a sus pies el equipaje, de la bolsa de mano extrajo la galleta y colocó su bolsa junto a ella. Fue tomándose el café pausadamente, disfrutándolo (no le gusta ardiendo, más bien tibio) con lentitud, al tiempo que daba vuelta a una y otra página. El libro era de su interés, y sobre algo que conocía bien hace muchos años, Ballet.


Para cuando anunciaron que abordarían, había guardado su libro después de varias páginas de avance, y desechó el vaso de su café en el bote de basura más próximo, acto seguido, se dio cuenta de que había dejado su pequeña maleta a unos tres metros de donde estaba el basurero; regresó de inmediato por ella, nada raro notó. Pero, la pareja que había visto cuando iba en busca del café, estaban en fila para abordar, y ahora los vio sonrientes. Subieron todos los pasajeros al avión. Ya no volvió a encontrarlos, a pesar de que ahora, le intrigó un poco su ausencia, más que la presencia dos veces captada por ella.


Aterrizaron, y antes de dejar el avión, le marcó a su amiga, le dijo que recogería su equipaje. Estando frente a la cinta eléctrica que circulaba con las maletas, vio a la pareja de nuevo, pero en esta ocasión ellos se aproximaron y otra persona, que no vio venir, golpeó a Alicia en una pantorrilla, provocando que perdiera el equilibrio. La pareja se acercó a ayudarla, y la mujer aprovechó para abrir rápidamente la maleta de mano de Alicia y extrajo algo de allí. Alicia no se percató de nada. Se levantó, miró con enojo a quien la había empujado y no se molestó más, porque para cuando quiso decir algo, los tres personajes habían desaparecido.


Llamó por celular a su amiga, quien ya estaba en el aeropuerto con su esposo. Ana, le dijo: algo extraño me acaba de suceder, necesito que me encuentren lo más pronto que puedan. Llegaron hasta la puerta de salida, la vieron y el esposo de Ana se adelantó por Alicia. Lucía muy pálida y con la mirada extraviada. Apenas si alcanzó a sostenerla, Ana acudió del otro lado. Tomó Raúl las maletas, y recorrieron con la mirada el restaurante más próximo, buscaban que Alicia se sentara.


Le dieron un poco de agua y esperaron que se recuperara. Como empezaran a temblarle las manos, decidieron llevarla a un hospital, aunque ella no quería, creía que se le pasaría esa especie de vértigo, temblor y malestar general.


Le hicieron análisis de sangre y le detectaron una sustancia química con la que asaltantes y secuestradores iniciaban el ataque a sus víctimas. Según el médico, no habían puesto toda la cantidad necesaria para hacerla perder el conocimiento. Salieron del hospital asustados; Alicia mucho más, pero dio gracias al cielo de que no sufrió daño mayor.


A la mañana siguiente, a través de la prensa, Ana y Raúl se enteraron de que un trío de sujetos extranjeros habían llegado a La Paz en el mismo vuelo que Alicia, buscaban a la hija de un Jeque. Refirieron que lamentaban haber confundido a una joven mexicana con la hija del Jeque, el parecido era extraordinario.


Con una especie de mensaje encriptado, en su declaración a los medios, añadieron: tomamos prenda… confirmar identidad… droga inyectada inocua. Esa noche, Alicia había dormido muy bien, le extrañó que no le quitara el sueño el susto que vivió. El Ballet la esperaba. Mientras en Asia, un Jeque ordenaba la búsqueda de su hija gemela…

La conferencia sobre Ballet


Carlos A. Ponzio de León

Estiró sus piernas, sentada en la silla, bostezando abiertamente las dos horas de espera que llevaba en el aeropuerto. Esa noche debía estar en La Paz pronunciando su conferencia sobre lo que había aprendido a lo largo de sus veinte años de enseñanza de balé, ante un público de quinientos asistentes: La Asociación Latinoamericana de Educadoras de Danza Clásica.


Era la primera vez que le pagaban por una charla. Y se trataba de un acontecimiento insólito para ella: un rayo de sol que nace del fondo del océano, no por los mil dólares que cobraría, sino porque después de aquello seguramente vendrían más conferencias, y a la vez se trataba de un reconocimiento que el mundo de la danza al que pertenecía, le brindaba por su trabajo.


Entonces escuchó el anuncio de la aerolínea a través del micrófono: El vuelo, ya demorado, no saldría ese día, habría que esperar hasta la mañana siguiente para arribar a La Paz. La compañía aérea se haría cargo de los gastos de hotel y de la cena y desayuno de los tripulantes. Esto no puede estar sucediendo, se dijo ella. Se acercó al mostrador para aclarar la información. Escuchó lo que ya se había anunciado. No quiso ni siquiera preguntar por una explicación. Pidió ayuda para que el equipaje que había documentado, se le devolviera lo antes posible. Buscaría un boleto en otra compañía: podía pagar el doble o triple de lo que ya había gastado, porque no dejaría escapar la oportunidad de estar esa noche en La Paz.


Lo que ella no sabía era que aquel era el único vuelo a La Paz. Como si los discursos de competencia económica que la comisión pública encargada del tema fueran solo verborrea de una nalga hinchada, una déspota que cobraba injustificadamente su cheque al erario mexicano.


A quinientos kilómetros de distancia de su destino, no lo dudó. Sin esperar más explicaciones sobre lo que la aerolínea decía acerca de la imposibilidad de recuperar su equipaje documentado, tomó un taxi y se dirigió a la estación de autobuses, únicamente con su maleta de mano, su conferencia impresa en papel bond dentro de una bolsa del saco, y sus mejillas encendidas por el frío y ante el miedo de no llegar.


Encontró la siguiente salida en media hora. La abordó. Una línea mexicana que no era la más ejecutiva ni cómoda para viajar. Seis horas después, se encontraba en la frontera de San Diego, en una larga fila que era como un vaso amargo de Angostura.


Quince minutos antes de que comenzara su conferencia, los organizadores estaban al tanto del retraso a través del celular, sabían que la Maestra viajaba por autobús, en un autobús cuyo chófer no dudó en desviarse de su camino ante las lágrimas de la Maestra, para poderla dejar a tiempo en el Centro cultural del Hotel Rombonbón. El chófer anunció por el micrófono la situación a los pasajeros. Todos aplaudieron cuando la Maestra bajó, y más de uno habría querido seguirla para escuchar lo que diría.


Subió al proscenio, acomodó sus hojas en el atril de madera y redireccionó el micrófono. Y comenzó improvisando: En el Ballet, hay oportunidades que no se pueden dejar escapar…



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