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Canas al aire

El poder de las canasEl poder de las canas

Autor:Joana Bonet   |    Publicacion:02-06-2019

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La campaña se titula El poder de las canas y se inscribe en la tendencia en auge de lucir el cabello albo

Soy una del trillón de mujeres que se tiñen el pelo de forma periódica. Experimenté precozmente, y a los dieciocho años un peluquero leridano que parecía neoyorquino me cortó la melena y me tiñó de rubio platino. No tardó en quedarme la cabeza igual que un café cortado, y tuve que recurrir al moreno español para volver a empezar de cero. Mi cabello fue uno de los primeros y más abiertos campos de batalla contra la ­autodestrucción. El pozo donde muchas jóvenes ahogábamos la inseguridad de no gustarnos, regando la fan­tasía de querer ser otras. Por ello llevábamos en el bolso la foto de Meg Ryan, Madonna o Jessica Lange. El placer de verlo ­mutar de tonalidad, pasar de su onda natural a un rizo pequeño a lo Roberta Flack, nos saciaba igual que nos desesperaba. Éramos débiles ante las tijeras soñadoras de aquellos primeros estilistas del peinado; recuerdo cómo me ­admiraba ver al pionero Llongueras peinando cabezas como si esculpiera una Venus. Nuestras madres fueron unas enamoradas de las peluquerías: ir bien peinadas es una garantía, un signo de que no se ha dimitido del espacio ­público.

Hoy ya no me tiño para encontrarme a mí misma, sino para no perderme. Las canas asomaron discretas e impuntuales; cuando emergen lo hacen en forma de hilos plateados y crean destellos inquietantes. Un gran porcentaje de mujeres de más de cuarenta lucen rubias: es el color que mejor engaña a la cana rebelde. Para algunas consiste en un acto más de cuidado estético, otras lo entienden como una esclavitud, esa tercera jornada laboral –depilación, maquillaje, peluquería y manicura– que nos somete a una ley no escrita que hasta hace bien poco prohibía las canas femeninas. Una mujer con el pelo blanco parece “envejecida, desaliñada y/o descuidada”. Lo piensa el 70% de las españolas, según acaba de publicar un estudio de la firma Pantene. Los hombres, en cambio, cuando las nieves del tiempo platean sus sienes, resultan “interesantes, atractivos o sexis”. Ellos, empoderados; nosotras, homeless. La campaña se titula El poder de las canas y se inscribe en la tendencia en auge de lucir el cabello albo, convirtiéndolo en fortaleza en lugar de debilidad. Y es aguda en el sentido de mostrar lo arbitrario que resulta el prejuicio. La moda es un excelente sacacorchos de tradiciones generando nuevos deseos.

También hubo un tiempo en que una mujer con pantalones parecía una camionera, y ya ven. Es difícil interiorizar la belleza de nuestras canas sin aclarar la mirada de los hombres, y también la de las propias mujeres que antes de lucirlas al viento necesitamos una buena sesión de terapia.

Resulta algo paradójico en un mundo que envejece imparable: la ONU prevé que en el 2045 los mayores de 60 años superarán a los menores de 14. Estamos abocados a un futuro libre de clichés a fin de considerar las canas, parafraseando a Cicerón, parte de “la conciencia de una vida bien vivida y el recuerdo de muchas buenas acciones” en lugar de una persistente y desigual dejadez.



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