Economico


Tlaxco, el edén de la memoria


Publicacion:16-06-2019

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Tlaxco te enamorará con sus grandes cielos, sabores y paisajes. Pasear por sus coloridas calles es una experiencia inolvidable. ¡Conócelo!

Tlaxco es uno de los dos pueblos mágicos que tiene Tlaxcala; sus sabores y paisajes encandilan. Después de pasear por sus coloridas calles, encontrarás que una visita nunca es suficiente. De niña, mi papá me llevaba con cierta regularidad a Tlaxco, hasta allá trabajaba. Solíamos quedarnos en un lugar de paredes infinitamente amarillas y campos llenos de vida: la hacienda San Pedro La Cueva. Hace unos días, veintitantos años después, volví a esa tierra de cielos brillantes y nubes gigantes. Esta vez no me llevaba mi padre, sino algo que le había prometido: el día que terminé la primaria me regaló unos aretes de plata en forma de colibrí, me pidió que los cuidara mucho, porque una talentosa artista, Eva Martínez, los había hecho con sus propias manos. Pero sobre todo, esperaba que los usara el día que terminara la universidad. Teníamos un trato. Cuidé de aquellos aretes con todo el esmero con el que un niño atesora su juguete favorito, sin embargo, en el afán que exige jugar con los primos, perdí uno. Lo busqué hasta el cansancio, sin éxito. Cuando estuve cerca de terminar la carrera, más que el examen profesional, me preocupaba solo tener un arete. Recordé que los había hecho una mujer, así que pensé que solo era cuestión de buscarla.

Hacienda San Pedro La Cueva

Quise aprovechar la ida para hacer un viaje en mis recuerdos. Me volví a hospedar en la hacienda San Pedro La Cueva. No había cambiado mucho, sin embargo, me encontré con que ahora es un hotel boutique, que además de ser un lugar idílico para el descanso, cuenta con jardín para eventos, capilla, galería de huipiles, criadero de animales, 42 hectáreas de naturaleza que se pueden explorar en bici o a pie, un restaurante de cocina tradicional tlaxcalteca y solo cuatro habitaciones; tanta es la privacidad que aquí se respira, que parece que la hacienda es tuya. En cuanto llegué, recordé cómo de niña apenas bajaba del carro, me echaba a correr hasta el jagüey para ver a las vacas beber agua. Ahí los días pasaban tan lento y aun así me parecían tan cortos.

El Tinacal y el tío Pepe

La hora del almuerzo se acercaba, así que fui al restaurante de la hacienda, El Tinacal, y pedí los tlacoyitos de alverjón con salsa de molcajete y queso fresco y un café recién hecho. Cuál fue mi sorpresa al ver que al fondo, en el vaivén de su mecedora, estaba el tío Pepe, dueño de la hacienda. Bastó darle el nombre de mi padre, para que con su voz tersa y pausada dijera, —¡pero claro, eres la nena que correteaba mis conejos!—. Pronto le conté lo que me afligía —que era la misma razón de mi estancia ahí—. Desde luego que tío Pepe conocía a Eva Martínez, hacía años que no la veía, pero me dijo que con gusto me llevaba hasta su taller. De la hacienda al centro de Tlaxco no son ni 15 minutos, tiempo suficiente para que me contara que ahora todo lo de la hacienda lo lleva su sobrino Agustín, ese mismo que de muchacho cuidaba que no me acercara tanto al juagüey. Fue Agustín quien quiso remodelarla para que fuera un hotel boutique, él acondicionó el área de juegos infantiles, la zona para acampar y compró las bicicletas.

El centro de Tlaxco

Bajamos del carro y tan pronto vi el quiosco, recordé que, mientras mi padre atendía sus asuntos de hombre ocupado, mi mamá me llevaba al pueblo; nos sentábamos frente a esta misma fuente y, entre lengüetadas de nieve, mirábamos a las palomas comer migas. Frente al quiosco, imponente y amarilla, se yergue la Parroquia de San Agustín de Hipona. La estatua del padre y doctor vela la entrada hasta el final de los oro. Es difícil no detener la vista en cada detalle. No logro explicarme a qué se debe, pero el cielo brilla más en Tlaxcala; la luz del sol aviva los colores de la casas. Quería detenerme cada 2 metros y fotografiar todo, pero debíamos caminar hasta el taller de la maestra Eva. Estaba entre emocionada y ansiosa, cruzaba los dedos para que estuviera. Llamamos a la puerta, esperamos. Nada. No venía nadie. Tocamos de nuevo y abrió Jorge, uno de sus alumnos, que pronto terminó con el suspenso y nos dio la terrible noticia de que la maestra había muerto en 2014. ¡Cuánto lo sentimos tío Pepe y yo!

Un templo a la nostalgia

Jorge nos dejó entrar a la escuela y taller de Eva Martínez. Este lugar, fundado en 1985, está dedicado a la reproducción de joyería antigua mexicana que data de los siglos XVIII y XIX. Entre sus piezas más aclamadas se encuentran los famosos aretes de Frida Kahlo que la maestra recreó a detalle con sutil perfección. Nos explicó que todas las piezas se elaboran manualmente con la técnica de “cera perdida”. Son varias las semanas que requiere el proceso creativo de aretes, anillos, collares, pulseras y dijes. Dichas piezas son en su mayoría reproducciones de modelos franceses de art nouveau adquiridos por la sociedad mexicana de principios del siglo XX. Otras más están inspiradas en bordados de huipiles mayas y otomíes. Garzas, rosas, frutos, manos diminutas y mis anhelados colibríes cobran vida en el taller Moritzky y Adelita Limón, esta última cuidó de la maestra por más de diez años. Al morir Eva, fueron ellos los herederos de su legado y transmisores de su conocimiento. Este taller es una oda al amor y un remedio para la melancolía. Bien vale hacerse un tiempo para visitarlo y comprar cualquiera de las bellísimas piezas que venden.

La tienda de Don Mariano

Le dejé mi arete a Jorge, prometió que haría uno idéntico y me lo enviaría en tres semanas, justo para el día de la graduación. Caminé con tío Pepe de regreso al centro, me llevó a La Tienda de Don Mariano, un lugar de lo más acogedor, que con el devenir de los años pasó de ser tienda de abarrotes a café y restaurante de comida orgánica. Todo lo que allí se sirve es preparado con ingredientes de la región. Es una propuesta de alimentación saludable y deliciosa, que promueve el comercio justo y reactiva la economía local. Pedí lasagna de berenjena y Tío Pepe, un chile relleno envuelto en hojaldre. Volvimos a la hacienda con un frío que hacía castañear los dientes. Tío Pepe pidió que encendieran una fogata y, con el tenue crujir de la leña y las manos ya tibias, principios del siglo XVIII. Por la mañana salí a andar en bici, el frío no se rendía y la hierba húmeda perfumaba el camino. Una liebre corrió a esconderse, atrás quedaron borregos, árboles, nidos de codornices y conejos. Llegué hasta lo alto de una colina y me encontré con el Popo y el Izta, inmaculados e inseparables. Con un lento pedalear, volví sin querer volver. Ya solo quedaba el desayuno, pedí la especialidad del Tinacal: barbacoa de hoyo. Ese sabor ahumado es el sabor de los días con mi padre, sin duda, a él le debo mi amor por los viajes y mi fascinación por la comida. Me despedí de Tío Pepe con el corazón rebosante de dicha y partí de Tlaxco con la cajuela atestada de recuerdos; ahora sí, a preparar el examen.

Cómo llegar a Tlaxco

Me dirigí a la salida a Puebla y tomé la carretera nueva Puebla-Tlaxcala, pues desde la CDMX este es el camino más directo, seguro y rápido. En menos de dos horas y media ya estaba en Tlaxco



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