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Olor a sangre y silencio

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Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:23-06-2019

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Sin embargo, aquel niño que logró esconderse y no ser llevado en el camión congelador, ahora de más de treinta años, es quien esclareció los hechos

 

Grito rumbero


Carlos A. Ponzio de León


Su rostro parecía extraído de alguno de los cuadros titulados El Grito de Edvard Munch. Era delgada, de rostro largo y le encantaba bailar rumba. Contaba con algunos conocimientos rudimentarios sobre música e instrumentos de percusiones, pero lo que más le gustaba en la vida era degustar gelatina sobre frambuesas en forma de corazón. Era una chica a la que también le gustaban ciertas compras, y había comprado la idea de que la gente se hace a sí misma, esforzándose y maltratándose.


Esa noche, mientras escuchaba el sonido de los timbales, todo su cuerpo, particularmente sus caderas, comenzaron a moverse a ritmos atresillados, y el grito que daba al final de cada baile era como el sonido de una campana de vaca diciendo “esto no va a acabarse”, y volvía a mover la cintura y los hombros con la soltura de una maraca que suena y suena.


Entonces, sentía que con las caderas dirigía el titiritar de las hojas de los árboles en primavera. Y miraba las luces junto a la pista de baile como si se trataran de faros a orillas del mar, y ella fuera una embarcación que silbara notas de clave… y se animaba a echarse polvo en el rostro y sus cosméticos los guardaba en el bolso rojo luego de unos minutos, y era como si a su acompañante de baile se le viniera encima la lluvia y lo empapara todo, porque ella echaba una risotada que dejaba frío al mismo cantante del grupo que tocaba en vivo.


Un viejo delgado y solitario en una mesa contigua a la pista comía su bocadillo de manera cada vez más lenta. Y la gente que bailaba en la pista miraba de un lado a otro buscando algo: de dónde provenía aquella carcajada rumbera, aguda como el sonsonete de un plato que se quiebra, y reparaban en la mirada al cielo del capitán de meseros que quería echar otro grito.


Y entonces las luces parpadeaban en señal de S.O.S., y la gente se animaba con el comienzo de otra pieza afrocubana que les hacía doblar los tobillos a los danzantes más inexpertos, pero que a ella le permitía coordinar su cintura y hombros como jinete y caballo que han establecido un vínculo, desde siempre.


Y entonces el intelectual sentado en la silla del fondo comenzó a recordar una obra de Darius Milhaud con una rumba estilizada: La Creación del Mundo, y el intelectual pensó: en el Segundo Concierto para Piano del mismo Milhaud y en todo el sudor que brillaba sobre el vientre plano de aquella bailarina que ya danzaba sola en la pista. Y fue tal el golpeteo sobre los timbales que el hombre decidió ponerse de pie sobre la silla, y con un ademán y una sonrisa, la bailarina lo trajo a la pista para moverse frente a él; y rápido, rápido, lento, y otra vez: rápido, rápido, lento: el movimiento de las caderas.


Y ella comenzó a desabrocharle la camisa, y el sudor y la energía comenzaron a pegársele al hombre, como armónicos agudos juntitos, juntitos el uno al otro. Y la noche aún dio más, porque en el cuarto de ella quien pegaba los gritos y derramaba su sangre era él, pues ella con el cuchillo en la mano: cuando lo enterraba era rápido, rápido, lento, y otra vez rápido, rápido, lento.


Espectador de ruidos


Olga de León

Al día siguiente, los encabezados de la prensa en sus secciones policiacas daban cuenta de los hechos: “Desaparición inexplicable de más de cuarenta: mujeres, jóvenes, niñas, niños, ancianos, perros, pericos y mascotas diversas… Solo los hombres mayores de treinta y menores de cincuenta y cinco habían sobrevivido a la ola inexplicable de desapariciones: y estos son los primeros sospechosos o, por lo menos, los que como testigos deberán rendir informe de lo sucedido…” Y la nota seguía refiriendo que nada se sabía, no había pistas sobre qué y cómo sucedieron los hechos.

Aunque hubiese sido uno solo el espectador eventual o no, pero definitivamente no cómplice ni menos aún responsable de lo sucedido en aquel salón: sucio, con extraño mobiliario metálico, y un tanto truculento desde la primera impresión al entrar en él, nada habría podido hacer –ni él ni nadie- para evitar que pasara. Nadie habría logrado revertir los hechos o que las cosas se dieran de otra manera: ¡imposible!


El silencio inundaba no solo al salón enorme, sino que todo el vecindario parecía haber quedado sumido en alguna suerte de hechizo, que convirtió a las demás casas, edificios, y la manzana completa -por sus cuatro lados- en una especie de sepulcro, de no ser por la iluminación, ¡qué jamás se perdió! Cuenta la leyenda que solo, y muy solo, un niño quedó como guardián de la luz y la verdad. El mismo cuyo llanto ahogó para no ser descubierto.


Un día antes, el bullicio de los niños jugando en la calle, los claxon de los coches anunciando su paso ante los escuincles que jugaban como si fuese su patio o jardín de la vivienda, y las mujeres que se detenían a media cuadra a platicarse los chismes del día anterior, todos ellos daban marco a la escenografía cotidiana. Nunca había habido un atropellado, jamás un auto o camión o troca había tenido percance vial; lo mismo para las bicicletas y las pocas motocicletas viejas que por allí pasaban, la circulación era tranquila: unos cuidaban a los otros y a sí mismos. Hasta esa fatal noche.


Durante el tiempo en que transcurrieron los hechos, y la indagatoria, nadie salió a la calle. Nadie parecía estar tampoco dentro de sus viviendas, ni siquiera en la tienda de la esquina ni en el cajero que estaba al otro extremo del comercio de conveniencia, como suelen llamarse esas tiendas. Las luces permanecieron encendidas, jamás parpadearon ni se apagaron: no había viento: quedó detenido en los muros externos, los ruidos no existían: ni siquiera el ladrido de un perro se escuchó entonces. Sí, algún embrujo afectó al sector donde luego se sabría qué había sucedido.


El salón casi vacío, que había servido como almacén de carnes y piezas de animales de res y cerdo -principalmente- había sido el testigo mudo de la desaparición. Los camiones congeladores que entraban por el patio y cargaban y descargaban la mercancía, dejaron de dar servicio después del extraño suceso.


Pero, esa noche, la del silencio absoluto y la soledad dentro y fuera de las casas, los camiones congeladores hicieron el último viaje.


Pasaron los días, semanas, meses, y los vecinos de otras manzanas habitacionales empezaron a vender sus propiedades y se fueron mudando. Solos quedaron en sus propiedades, los hombres que antes vivían con su mujer y familia, ya fuera con sus ancianos padres también o incluso algunos hermanos o cuñados.


Veinte años más tarde de aquel extraño suceso, los que ahora tenían más de cincuenta o setenta años, se habían convertido a alguna religión, que nunca antes habían profesado. Y, puesto que ninguna mujer los quiso ni como esposos, novios o amantes, por el peso de la sospecha que sobre ellos recaía, a pesar de nada habérsele comprobado, se vieron orillados a abrazar el credo del primer charlatán o usurpador que les ofrecía la paz para sus espíritus, a cambio de sus propiedades.


Y, así fue como la “Manzana de calles embrujadas” se quedó desierta y en manos de los que -muchos años más tarde se sabría- habían sacado de sus casas con engaños, a la parte más débil de las familias, y al mismo tiempo, esa parte imprescindible para que un pequeño o gran grupo, pueda llamarse familia: mujeres, niñas y niños, jóvenes, abuelos y animales que con ellos vivían y eran sus mascotas.


Los malditos impostores de la palabra buena, de la palabra divina, de la bondad, los impostores de cualquier credo y fe que en lugar de hacer el bien, viven para dominar a los débiles y debilitar a los fuertes (los hombres, según nuestras sociedades) dejándolos sin la fuerza del amor, en la peor incertidumbre y más desesperante soledad que puedan existir: solos y sin su propio carácter para defender a los suyos.


Sin embargo, aquel niño que logró esconderse y no ser llevado en el camión congelador, ahora de más de treinta años, es quien esclareció los hechos y llevó hasta la Corte a los asesinos de mujeres, niños, madres, abuelos… Nadie quedó sin castigo, ¡cuál dictan las leyes, terrenales y divinas!



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