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La vida ‘sin’

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Autor:Joana Bonet   |    Publicacion:14-07-2019

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La tendencia a la sobriedad es una buena noticia en un país de larga tradición de bebedores

La victoria de la preposición sin frente a con es aplastante. No es el añadido lo que hoy nos seduce, sino la supresión. La ideología del bienestar ha impuesto contención y ha encumbrado la sobriedad como renovado valor. Productos sin sal, sin azúcar, sin conservantes, sin gluten, sin lactosa, sin fructosa, sin cafeína, e incluso sin cables, llegan raudos a nuestras casas, prometiendo un estado más elevado, sin inflamaciones de vísceras ni huelga de lactobacilos. La vida sin nos otorga una especie de semipoder, igual que si pudiéramos regalarnos días de vida si no fumamos, evitamos apoltronarnos o no ingerimos grasas saturadas. Ya el sabio libro del Eclesiastés demostraba que el principio de la reciprocidad no existe. Que el bien no siempre trae el bien, ni unos pulmones sin nicotina garantizan librarse de un tumor. Aun así, la era sin crea ilusión, la del bienestar que te procura administrarte dosis de bienestar.

Los vicios son hoy más abstractos y sofisticados. Crecen, por ejemplo, los lo­cales de intercambio de parejas y el sexo libre deja de ser considerado una guarrería, mucho menos nociva que una hamburguesa industrial o medio kilo de churros. Leo un artículo en The New York Times sobre la “nueva sobriedad”, una forma de entender la vida sin no sólo para alcohólicos diagnosticados, sino para todos los que, además de cuidarse, no quieren alterar su conciencia ni llevar “un punto” encima, esa bruma esponjosa que desinhibe y produce euforia. Prefieren divertirse a palo seco. Ahí están esos neoyorquinos abstemios que frecuentan el Club Soda, ListenBar o Getaway y piden mocktails –el término anglosajón para los cócteles light–, y etiquetas que triunfan en las redes sociales con los hashtag: #MindfulDrinking o #SoberCurious.

En este país tan cervecero, resulta original que la sin se erija en fenómeno y ya represente el 13% del consumo per cápita de tal bebida, según destaca el informe de Cerveceros de España. Se trata de un dato revelador, porque lideramos a nivel europeo su consumo y su producción. Y el último estudio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre hábitos de consumo informa que ingleses y españoles han empezado a beber menos. Aun y así, en nuestras mesas sorprende que alguien rechace el vino. “¡Venga, una ­copita!”, suele insistirse, como si tan sólo los musulmanes y las mujeres embarazadas estuvieran excusados para brindar con Coca-Cola.

La tendencia a la sobriedad es una buena noticia en un país de larga tradición de bebedores, donde tantas guitarras, besos y contratos han sido regados con una copa de más. Y aunque la moda del sin roce a veces el absurdo, expresa un deseo de pureza universal, una exfoliación anímica para sentir que tenemos el control en un mundo descontrolado.



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