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Lo que la vida nos va dictando


Publicacion:18-08-2019

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Beatriz vestía un suéter guinda y pantalones negros, agrisados.

Los colores del arroz

Olga de León

Eran siete enanitos… dice el cuento de Blanca Nieves y yo no estoy segura de haber visto a los siete, pero sí conocí a seis que vivían en un pequeño pueblo. Aún vivían con sus padres que no eran tampoco muy altos, pero sí más que sus hijos, de los cuales, tres eran niños, y adolescentes, los otros tres. Los seis estaban en edad de aprender mucho sobre la vida y el mundo; primero, de sus padres naturalmente, luego de sus maestros, porque estos enanitos iban a la escuela y, finalmente, de sus propias experiencias y relaciones con los demás y del entorno en el que crecían.

Cierto día, mientras la madre preparaba la comida y la hija mayor la ayudaba, subida sobre un banquito de madera para alcanzar a menear con cuchara de palo el arroz, que debía dorarse en una cazuela de barro puesta sobre una de las hornillas de la estufa, ese día, la niña vio que entre la gran mayoría de arroces blancos había algunos de color café y otros que ella supuso no eran arroces, pues estaban más bien negritos o morados.

Entonces pregunta a su mamá qué debe hacer, si apagar el fuego y tratar de retirar los arroces de diferente color, o seguir así, dorándolos todos juntos. Todos son comestibles, hijita y no te-nemos por qué despreciar a ninguno.

La niña que era muy inteligente, de inmediato pensó en sus compañeritos de la escuela y recordó que los había tan diferentes a ella, en tamaño, color de la piel, como en el origen de las familias de dónde provenían. Algunos tenían papá y mamá, otros solo a su mamá y uno que casi con nadie se juntaba tenía dos mamás y no había un padre en su hogar. Esa fue una hermosa lección que su madre le enseñó.

Desde entonces, amó a todos los niños y a todas las personas que conocería en su vida; pero antes que a ninguno, amó a sus padres que para algunos vecinos eran simplemente enanos, y además, no potentados ni siquiera medianamente ricos. Pero ella y sus hermanos sabían que solo sus padres los protegerían y estarían con ellos, en las buenas y en las malas, mientras vivieran. Por eso sufrieron durante años, la temprana pérdida de sus progenitores.

Estos seis enanitos también tendrían su propio cuento. Y mejor que el de Blanca Nieves, porque ellos tuvieron cada uno una doncella dulce y hermosa a quien amar y que los amara, eso fue así para los cuatro varones.

Las dos enanitas mujeres vivieron felices cada una dedicadas a su propia pasión. La menor amaba cantar y bailar, y mientras lo practicó, lo hizo muy bien. Viajó por los cinco Continentes, llevando la alegría de su danza y su canto bello.

La mayor vivió dedicada a su familia y fue dichosa viendo crecer a su par de hijos, que se convirtieron en personas de bien, pues jamás hicieron daño a nadie; y menos que a nadie, a sus padres, a los cuales respetaban y veneraban con amor a pesar de que ellos con el tiempo se volvieron más altos.

…pero siempre tuvieron a sus padres, aunque no lo fueran, por más grandes. Una meneada al arroz dorándose en cazuela, enseña muchas cosas que no se aprenden en ninguna universidad ni en los libros. Y el amor hace maravillas, sana corazones heridos, o no es amor.

El Amazonas.

Carlos A. Ponzio de León

Beatriz vestía un suéter guinda y pantalones negros, agrisados. Sentada, con las dos manos sostenía el teléfono celular, y con ambos dedos gordos, pero delgados, escribía un mensaje. De comple-xión media, era el tipo de chica que desataba fantasías largas, sueños de poseer una mansión, el sabor de aceites afrutados en los labios y la caricia de una cadena fría en la cintura. De cabello pelirrojo, encendía algunas estrellas con su sonrisa. Sentada, aguardaba la llegada de Lucero.

Pocos imaginaban que Lucero coartaba la libertad: Para respirar nostalgias y enloquecer de amor. En el fondo sufría, y su sufrimiento se reflejaba en pequeños ataques. Recurría a pastillas, a vitaminas, a quitarse los zapatos en mitad de la calle. De pronto no encontraba el gusto por las cosas de la vida y por un instante se venían abajo sus compromisos adquiridos. Pero Beatriz así la amaba.

Cuando Lucero escribió por celular: “Estoy llegando”, Beatriz sonrió, y un par de jóvenes que en ese momento la observaban desde otra mesa, también sonrieron, sin ser notados. Beatriz se le-vantó de su silla y se encaminó a la puerta de entrada del café, dejando su americano y su pastel “dedo de novia” en la mesa, aún sin probar. Cuando se encontró con Lucero, el abrazo fue largo, como río que bordea el Amazonas, como el vuelo de un pájaro que acaricia y atraviesa el continente.

Luego, un par de besos, besos que descuartizaron el alma de los jóvenes en la otra mesa. Una sacudida que levanta el polvo hasta dos metros de altura y ensucia todo el cuerpo. Pero para ellas, fue la conclusión de una larga espera, el fin de la ansiedad, del viaje en avión desde Europa. Luego, otro beso, beso que muerde y labios que acarician la humedad de la boca: un temblor en el pecho que fija los pies en la tierra, que los hunde hasta clavar al par de estatuas en el horizonte, esculpidas por el viento y Afrodita.

Beatriz y Lucero se toman de la mano. Vuelven a la mesa vacía, a una mesa redonda, sin filos, perfecta para la plática que durará toda la noche, y que desembocará en una caminata serena al amanecer, y con un par de blusas que aguardarán quietas junto a la cama, los cintos bordeando la repisa de la ventana, y los pantalones vacíos de sus piernas que se entrelazan en algún lado del Amazonas.

Tiempos de viento seco

Olga de León

Un hombre sencillo

Por las veredas del camino, por donde muchos andan de prisa, un hombre va a paso lento como quien se toma su tiempo, muy enserio. No quiere cansarse en vano, no busca llegar primero, solo quisiera llegar temprano, antes de la media noche, para asomarse tirado en la yerba a contemplar el firmamento, en esos lugares donde el cielo se ve siempre pletórico de estrellas.

Humanidad en silencio

Y el viento se fue corriendo, espantado por el fuego que salía de la tierra y de los cuerpos. Todo era silencio y quietud, como en los cementerios; solo que allí no había muertos. Quise gritar, pedir au-xilio: mas, a quién se lo pediría si nada ni nadie había a mí alrededor: guardé silencio. Y el silencio se creció y se tornó rey por aquellos lares, abandonados de humanidad… a pesar de tantos, que se llaman buenos ciudadanos.

Rosal de rosas eterno

Alguna vez fueron hermosas, no tuvieron arrugas, tampoco lonjas, o rostros enjutos. Su piel fue lozana como la más nueva de las rosas; su mirada estuvo llena de alegrías y esperanzas que sabían se cumplirían; sus cabellos brillaban sacudidos por el viento; sus piernas torneadas como los brazos y los pies las llevaban donde ellas lo mandaban o deseaban; el talle esbelto y la espalda recta. Eran, en una palabra, mujeres hermosas, rosas de rosal eterno. Ahora, las llaman viejas inútiles y estorbosas, o, en el menos peor de los casos: abuelas ignorantes, que mal educan a los nietos. ¿Qué saben de sus vidas, esos que ingratos así las nombran?

Almas en duelo

La masa informe reunida a media calle de la plaza principal, entre el recinto oficial y la iglesia, gritaba al unísono como si fuera una sola garganta gigantesca: ¿dónde están nuestros hijos? Los queremos vivos, que vivos se los llevaron, ahora devuélvanoslos así, vivitos, tal como los levantaron. El mismo reclamo durante casi cinco años… Ahora, entre resignados y enfurecidos aún, piden ver sus cuerpos: dónde están, en dónde los tiraron, a dónde los llevaron, queremos saber. Debemos darles santa sepultura y recuperar nuestra paz y cordura, aunque locos de ira e impotencia seguramente moriremos, por tantas injusticias de las autoridades y la infame atrocidad de los verdugos. Mueran todos los implicados en el caso y que viva la memoria de nuestros hijos en la conciencia de los que saben lo que es que les arrebaten a un hijo: “¡Nunca más!, sobre nuestros cadáveres…” De inocentes están poblados cementerios clandestinos, profundidades de los mares y algunas cárceles.

La estatura sí importa

 

Han sembrado en los corazones de muchos la esperanza de ver un día el cielo claro, y conocer la felicidad de no padecer hambre, ni del cuerpo ni del espíritu. Y así, siguen la luz que los llevará “Hacia una nueva esperanza”. Por eso cada día resulta vital que todo lo prometido se cumpla. Nada peor que “La gran estafa” existiría, salvo “La gran mentira”, “El infame engaño”: que la esperanza se tornase en ilusión de oropel, fantasía fallida o idiosincrasia inexistente. Castigar y hacer cumplir la ley a todos los abusivos del poder y ladrones del dinero del pueblo, sean de cuello blanco o desteñido, no es venganza. No señor, eso es cumplir con un deber de estadista de gran tamaño, diferente a los corruptos.

Una Novela para mañana

Olga de León

Capítulo I. El insomnio

No pude dormir pensando en todo lo malo que hubiese hecho, al menos en los últimos diez años, y no encontré nada extraordinario en mis recuerdos. Tan solo cosas naturales y semejantes a las de cualquier humano imperfecto; aunque reflexiva y sensata -a ratos-, no soy así siempre, porque en otros momentos menos afortunados las emociones me han ganado, pero acaso, ¿no son así la mayoría de los humanos?, o me engaño. La luz del día cayó plena sobre mi rostro, y no tuve mejor cosa qué hacer que le-vantarme.

Capítulo II. La cama tira más fuerte

Sí, pensé -entre agotada y semi consciente-: creo que bien puedo quedarme en cama unos minutos más. La cabeza era un torbellino por dentro y por fuera, los ojos si los abría más, podrían salírseme de las órbitas. Bajé los párpados e intenté dormir un poco. Entonces fue cuando escuché la voz que parecía venir no sé de dónde, pero me hablaba a mí. Un hombre joven me miraba desde su estatura, puesto de pie al borde de mi cama: No te asustes, tampoco te despiertes ni te levantes… sé que la víspera no dormiste. Di media vuelta a todo mi pesado cuerpo y dormí… Sabía que empezaba a soñar.

Capítulo III. Simplezas o rarezas de la vida

No sé si he logrado ser y hacer lo que quería con mi vida, según los vanos planes de una juventud abruptamente interrumpida por el destino. Ese sátiro que a veces nos juega a algunos, dema-siado rudo. Y conmigo jugó así, más o menos, o peor. Mas, para ser justa, no recuerdo haber planeado mucho. O convenientemente, para mí, lo olvidé. No hay que ser masoquistas. Entonces recordé que desde niña soñaba que un día escribiría y lo que plasmara sería publicado… ¿Lo habré logrado?, o sigo soñando…

Capítulo IV. Vuelta a la rutina

Ignoraba si seguía dormida o ya estaba levantada. Pero como no soy varón y menos Eduardo Wilde, no había ningún garzón ni atractiva joven de blonda cabellera que me estuviera sirviendo el primer café de la mañana, sin latte. Por tanto, me levanté ya no de la cama, sino de la mesita con mi máquina -espacio improvisado de madrugada- donde ahora a la luz del día volvía a escribir, después de una hora de sueño. Abrí la puerta de la recámara y me dirigí a la cocina, puse café y mientras el olor a tostado fresco salía aromático de la jarra, fui al baño, me cepillé los dientes y acomodé mi brazo dolorido, en la funda que lo protegía del frío. Regresé a la cocina por mi taza de café.

Capítulo V. Buscando un tema

Hasta ese momento me había olvidado de la voz del hombre joven que me conminó a no levantarme. Busqué en la memoria y no supe quién habría sido, acaso, ¿mi hijo? El se hallaba bastaba lejos, en otro país; pero él había sido el leit motiv de esta aventura. Tantas veces me insistió en que escribiera cuentos más largos, que pudieran ser luego capítulos para una novela. ¿Le habré entendido bien? O estaba haciendo lo contrario: pedazos introductorios y temáticos para ser completados un día. O acaso, no será esto ya el tema preciso para mi segunda novela.

Capítulo VI. ¡Al fin!

El tema llegó solo, casi naturalmente. Una cosa lleva a la otra. El fantasma al borde de mi cama no correspondía a la figura de mi hijo. Ahora lo sé, esa voz y la nobleza en su tono gentil la escuché muchos años atrás, cuando no tenía aún, ni siquiera dieciséis años. La vida nos ofrece más de una oportunidad de vivirla: en sueños, en fantasías, o escrita en una novela.

Capítulo VII. Epílogo

Y no suspendí la escritura. No quería perderme una vez más la vida que el destino antes me negó. Me aferré a mi fantasma, pero él más sensato que yo, huyó. Tendré que dejar a mis lectores con la incógnita. Otro día, en otra novela, quizás aparezca y no tendrá oportunidad de escapar. Quedará atrapado en las redes de mi estrategia, ya madurada y perfeccionada, de escribir prosa larga y con más detalles.

Capítulo VIII. Fidelidad

A aquel fantasma varonil y apuesto nunca más en mi vida lo vi. Y no era que no quisiera verlo o que me hubiera salvado su huida de gentleman, casi todo en este mundo tiene un por qué, una causa: la fidelidad a mi vida recta, a mi pasado, a mi presente y al futuro. Ese que pude arruinar (¡o mejorar!), de haber tenido la flaqueza de caer en brazos de un fantasma. ¡No aseguraré fallar en otro momento!

COROLARIO.

¡Quizás, así, logre una novela mucho más interesante que esta!

Au revoir!

 

 



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