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La alegría en el cielo

A buscarla fueA buscarla fue

Autor:Felipe Bacarreza   |    Publicacion:15-09-2019

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“El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios... porque Dios es amor”

Si hay algo que en el cielo no existe es el rencor. En el cielo existe sólo el amor. “Dios es amor” (1Jn 4,8), y en el cielo todos están llenos de amor. En la tierra, en cambio, dominan sobre los hombres las pasiones: el egoísmo, la envidia, el rencor, la venganza, etc. Por eso nos cuesta tanto comprender a Dios. A Dios puede conocerlo solamente quien ama –estamos hablando del verdadero amor, el que busca el bien del otro-, según la magnífica conclusión de San Juan: “El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios... porque Dios es amor” (1Jn 4,7).

Jesucristo no sólo ha nacido de Dios y conoce a Dios; él es Dios, y, hecho hombre y habitando entre nosotros, nos hace “ver a Dios” (cf. Jn 14,9), sobre todo, nos revela el amor de Dios. Al ver como actúa Jesús, conocemos como actúa Dios. Al ver como es Jesús, sabemos como es Dios. En esta clave hay que leer las tres parábolas de la misericordia que nos presenta el Evangelio de este domingo.

Los escribas y fariseos describen con exactitud la conducta de Jesús, pero no la aprueban: “Murmuraban diciendo: ‘Éste acoge a los pecadores y come con ellos’”. En esta forma demuestran estar movidos por criterios humanos y no conocer a Dios. Jesús responde con las tres parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la dracma perdida y el hijo pródigo. Con estas parábolas Jesús trata de explicar por qué acoge a los pecadores, y lo hace exponiendo los criterios del cielo: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión”. Acogiendo a los pecadores y llamandolos a convertirse Jesús demuestra que él se mueve con esos criterios; es más, él demuestra que actuando así es uno con su Padre, el cual ante la conversión del pecador afirma: “Convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, es-taba perdido y ha sido hallado”.

No tenemos espacio para comentar cada una de esas parábolas. Cada detalle de ellas es genial. Veamos, en cambio, cómo procede Jesús en un caso concreto. En el caso de la mujer adúltera, los judíos, que la ponen ante Jesús acusándola de flagrante pecado, no tienen ningún deseo de que ella se salve. Jesús, en cambio, es lo único que desea. Por eso, después de convencer de pecado a los acusadores, dice a la mujer: “Yo no te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8,11). Jesús la perdona y la rehabilita, y se alegra de su conversión junto con los ángeles: “Hay alegría ante los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta”. Esta es la historia de Zaqueo a quien todos definían como “un pecador” (cf. Lc 19,7). Esta es la historia de cada uno de nosotros, que debemos reconocer: “Mira que en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7).

El que aprueba la actuación de Jesús y se alegra con él por la conversión del pecador –el que no asume la actitud del hermano mayor en la parábola del hijo pródigo-, demuestra que ama a Jesús y que es hijo de Dios. De lo contrario, no sería verdad que Dios es su Padre, según el criterio formulado por Jesús: “Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios” (Jn 8,42).



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