El Papa Francisco celebró el primer Ángelus de su Pontificado, desde el balcón del departamento papal.Ciudad del VATICANO.- Recibido con una estruendosa manifestación de júbilo por los más de 150 mil fieles, turistas y curiosos de todo el mundo presentes en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco celebró el primer Ángelus de su Pontificado, desde el balcón del departamento papal, recordando a los fieles que “un poco de misericordia cambia el mundo, hace el mundo menos frío y más justo.
Si el Señor no perdonara -agregó- el mundo no existiría”. Sereno y visiblemente contento por la alegría que manifestaba la gran masa de gente reunida en la explanada vaticana, que ondeaba banderas -muchas de ellas argentinas- y que en coro gritaba ¡“papa Francisco, papa Francisco!, el Pontífice argentino añadió que “la paciencia que tiene Dios con cada uno de nosotros es signo de su misericordia”, porque el Señor “siempre tiene paciencia para comprendernos y atendernos.
Nunca se cansa de perdonarnos”. Inmediatamente después, luego de recordar que el nombre que había elegido era el del santo patrón de Italia, Francisco de Asís, quiso aclarar que esta elección “refuerza mi liga espiritual con esta tierra que es, como saben, el origen de mi familia”.
Al final de su breve Ángelus, visiblemente conmovido, el Papa “venido del fin de mundo”, como se definió desde el balcón central la basílica de San Pedro en su primera aparición pública, dijo a los fieles, “esta plaza tiene la dimensión del mundo.
Feliz domingo y buen (apetito) comida”. Según el portavoz vaticano, el padre Federico Lombardi, al Ángelus del domingo asistieron más de 150 mil personas, mientras que para la alcaldía romana el número de personas era el doble.
Al término de la ceremonia religiosa, rompiendo no sólo el rígido protocolo que deben respetar los Papas, sino sobre todo desconcertando a los miembros de su cuerpo de seguridad y al mundo, Francisco caminó hacia la vía de Porta Angelica, fuera de los muros vaticanos, y como un simple párroco fue hacia los miles de fieles que lo esperaban y aclamaban para estrecharles la mano, abrazarlos y saludar a muchos de ellos.
En el curso de este acto sin precedentes, parafraseando a Juan Pablo II, el Papa dijo a los fieles: “no tengan miedo”, para inmediatamente después pedirles, con desconcertante sencillez y afecto, “oren por mí”.