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La vida es una tómbola

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Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:07-10-2018

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No es fácil convivir y departir con todo mundo, cuando todo el mundo no tiene el mismo sentimiento de empatía hacia los demás.

Las incógnitas de la ecuación


Carlos Alejandro

El cuidado que ponía en ordenar la mesa: colocar manteles, cubiertos y arreglos florales, era equivalente al que empleaba quien aquella tarde vestía y peinaba a la novia, a punto de casarse, el día de la boda. La mesa que en ese momento atendía se encontraba en una esquina y a ella, ya de noche, llegarían tres mujeres, dos llevando sendos relojes de pulsera de oro y la otra, con un gusto frenético por las bebidas preparadas sin alcohol, frías y de jugos naturales.


Para la mayoría de la gente, aquel era un domingo de fútbol americano en televisión de paga, de partidos de fútbol soccer mexicano por la tarde y de campeonato europeo de tenis por la noche. Ninguno de los cuales podría disfrutar el mesero, debido al tiempo que le requería su empleo en el salón de baile. Desde la mañana, en los escaparates del hotel, las luces dejaban caer sus reflejos sobre collares de perlas, zafiros y brillantes.


Para Gabriel, nuestro mesero de veinticinco años, aquel domingo iba a ser el último en su trabajo. Vivía en uno de los barrios más pobres, situado en la periferia de la ciudad, y ya había quedado de encontrarse con su novia, ese mismo domingo a las diez de la noche, en un restaurante de su distrito. Una semana antes, en la referida boda celebrada en el hotel en el que trabajaba, le había tocado atender una mesa en la que conoció a un hombre que se desempeñaba como profesor universitario en una escuela privada.


Platicaron y Gabriel le dijo: “Este trabajo es temporal, yo voy a tener mejores puestos, solo necesito terminar la secundaria”. La materia que le restaba pasar era Matemáticas: El álgebra de Baldor. Ya la había reprobado tres veces. No entendía ni las equis, ni las yes, y aunque comprendía verbalmente que la operación que se realizaba en un lado de la ecuación había que replicarla igual del otro, en la práctica lo olvidaba. La mujer del profesor convenció a su marido, en un acto de muy buena voluntad.


El Prof y Gabriel se encontraron al día siguiente, a mediodía, en la biblioteca de un parque público. Emplearon dos horas para que Gabriel entendiera los primeros pasos en el asunto de resolver sistemas lineales de dos ecuaciones con dos incógnitas. Y el esfuerzo culminó en que Gabriel finalmente entendiera las equis, pero no las yes. Continuaron el martes. El Prof logró hacerlo comprender las yes, pero aquel había olvidado las equis. Para el miércoles, Gabriel medio comprendió las equis y medio entendió las yes. El jueves fue fantástico, Gabriel vislumbró las equis sin olvidar nada de las yes. Y para el viernes… para el viernes, finalmente, Gabriel era capaz de resolver cualquier par de ecuaciones de dos incógnitas en menos de cinco minutos, en un ochenta por ciento de los casos.


Esa noche lo festejó, gracias a una propina fenomenal en su centro de trabajo. Dos mil quinientos pesos. Era tal su contento por lo aprendido durante la semana, que atendió con una presura extraordinaria a sus comensales. Estuvo todo el tiempo al tanto de la gente y solía adelantárseles a los invitados: con hielos, agua mineral y refrescos, antes de que se lo pidieran. Ya no le importaba tanto, el lograr mejores puestos de trabajo, sino que el solo el hecho de entender el alcance intelectual de las ecuaciones lineales fue motivo para sentirse un ser humano afortunado.


Entonces llegó el domingo. Y creció su deseo de concluir la secundaria y con ello, encontrase con la posibilidad de nuevos trabajos. Luego de ocho horas en su trabajo a causa de una lujosa boda, ese domingo, fue finalmente dispensado de sus labores. Llevaba en el bolsillo tres mil pesos en propinas. La cifra más alta que había alcanzado en su vida. Llamó a su novia. Quiso llevarla a un lugar que, aunque no muy apropiado para ella, a él le llamaba la atención, pues nunca había contado con el dinero suficiente para entrar y gastar ahí: El billar más importante de la ciudad.


Salieron del lugar a las doce de la noche. La noche húmeda, titiritaba de frío. La luna pedía atención; pero Gabriel solo pensaba en él y en el puesto de capitán de meseros del hotel donde trabajaba. Tres asaltantes. No quiso perder el dinero. Defendió a la novia que nadie atacaba. Ni siquiera pensó en los ingresos que ahora obtendría con el diploma de secundaria. Fueron dos balazos en el pecho. Los asaltantes lograron sacarle la cartera mientras yacía tirado en la acera. La novia lloraba enloquecida, con una incógnita: ¿qué es lo que está pasando?

Cada cosa… en su lugar


Olga de León

A señas, preguntó si el lugar en la esquina, junto a ella, estaba ocupado. La mujer respondió: -No; y la joven se sentó allí. Apenas lo hizo, la maestra giró el cuello y tapándose con la mayor discreción posible la nariz, le dijo a su amiga: -no aguantaré este penetrante olor.


-Pues, levántate, contestó sin ninguna inflexión en la voz ni intención secundaria, la amiga.


-No, hasta que vea si hay otro lugar. El conferenciante continuaba con su exposición, la cual le pareció muy interesante y sin desperdicio alguno; así que realmente deseaba continuar allí, viendo y escuchando, pero se distrajo por varios minutos, hasta que alguien de tres filas atrás y hacia el centro del auditorio, se levantó. Casi corre para llegar hasta el lugar desocupado.


Sin que se le pareciera, ese aroma exageradamente dulce y pesado, le recordó su juventud, la década de los últimos años de los sesentas, cuando algunos usaban un perfume al que todo mundo conocía como “pacholí”, y que la mayoría de quienes lo usaban, lo hacían para ocultar o disfrazar el aroma de los cigarrillos de mariguana.


¿Qué escondería este?, ¿acaso las mujeres que recién habían entrado, ocultaban algo? Por qué la mayor le diría a la más joven que se sentara en cuanto vieron un lugar desocupado. Sí, por qué la mayor prefería que se sentara la de menos edad, y por qué esta así lo hizo. ¿Andaría mareada por efecto de alcohol ingerido recientemente? No, no podía ser, andaban trabajando, y no se expondrían a ser reportadas ante sus jefes del periódico. No, seguro no era por eso que una, la sentada junto a ella apenas hacía cinco minutos, llevaba consigo ese fortísimo e insoportable aroma. Entonces, por qué. ¿Sería así de malo, su gusto?


El evento terminó y todos quedaron contentos, la mañana y parte de la tarde se fue con rapidez. Las felicitaciones, los abrazos y saludos, los comentarios y agradecimientos… La hora de ir a comer llegó.


Tirios y troyanos se sentaron a la mesa y aunque ni unos ni otros eran realmente enemigos ni de cerca ni de lejos, así los vi, viendo la distribución de los lugares que ocuparon. No sé de qué lado quedé en esa ocasión, realmente no lo supe: comentaría años después la mujer.


Las sonrisas, y risas francas comenzaron a caer sobre el mantel acompasadas por mordidas a tortillas tostadas bañadas en salsa, y otros manjares que pronto aparecieron en el escenario: aguacate con pico de gallo, frijoles “con veneno”, atropellado (carne seca guisada con tomate, serrano y cebolla), para regocijo y deguste de los comensales.


No es fácil convivir y departir con todo mundo, cuando todo el mundo no tiene el mismo sentimiento de empatía hacia los demás. Ese ha sido siempre mi dilema: ¿por qué tengo que dejar de saludar o platicar con todos, aunque todos no se entiendan entre sí? Natural es que tengamos nuestras preferencias; pero también natural, al menos para mí -decía la mujer que se cambió de lugar apenas hacía unas horas, en otro escenario-, es tener trato con todo el mundo.


En fin… aquello fue un banquete entre pares y dispares, que la narradora y su amiga imaginaria, no eran par, sino a medias, no en carrera ni en especialidad. Pero fue muy grato y hasta divertido. Como cuando escucha el nombre del hijo, en voz de uno de los ponentes en el Encuentro sobre Capital Humano, ella aguza el oído para ver si alcanza a escuchar el comentario, cuando otra asistente, sentada a su lado, se adelanta diciéndole al que pronunció tal nombre: aquí está la mamá de… es la maestra… Y él, que estaba por contar la historia completa, se contiene, mira con sorpresa y da una razón sobre su alusión. Fue divertido.


Dos días de exposiciones interesantes, de elocuentes participantes y algunas intervenciones del público ávido de saber, en su mayoría estudiantes; aunque no faltó quien en un afán de lucimiento personal, más que preguntar, quiso dejar constancia de su “sabiduría”, o su avidez por hacerse notar.


Así, “Tras alegre charla de sobremesa…”, el segundo día, la fiesta c’est fini.



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