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He venido para que tengan vida

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Autor:Felipe Bacarreza Rodríguez   |    Publicacion:24-03-2019

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Con la parábola de la higuera estéril Jesús nos exhorta a no diferir la conversión.

El Evangelio de este domingo III de Cuaresma tiene dos partes relacionadas entre sí. En la primera parte Jesús toma pie de dos hechos de sangre que habían ocurrido esos días en Jerusalén para llamar a todos a la conversión; y en la segunda parte, por medio de una parábola imprime urgencia a este llamado.

A pocos días del horrendo atentado terrorista ocurrido en Madrid donde encontraron una muerte injusta e inesperada tantos hombres y mujeres la lectura de este Evangelio resulta más impactante. Aquellos galileos cuya sangre Pilato mezcló con la de sus sacrificios estaban cumpliendo un acto de culto en el templo, es decir, en el lugar donde menos podían esperar la muerte. El acto de Pilato no sólo fue un crimen, sino también una horrible profanación. La gente quiere saber qué opina Jesús sobre este hecho. Jesús responde: “¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro”. Estamos todos de acuerdo con esta respuesta de Jesús: las víctimas de los atentados terroristas no han sufrido eso porque sean más pecadores que los demás. Ni tampoco son más pecadores que los demás los que han sufrido la muerte por causa de accidentes, como aquellos dieciocho sobre los cuales se desplomó la torre de Siloé.

Pero Jesús agrega una segunda parte a su respuesta en la cual afirma que existe relación entre el pecado de los hombres y la muerte: “Si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo”. Este es el mensaje bíblico, repetido desde el principio. En efecto, desde antiguo Dios dijo a su pueblo: “Mira, yo pongo hoy ante ti vida o muerte. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios... si amas al Señor tu Dios... vivirás. Pero si tu corazón se desvía y no escuchas... yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio” (cf. Deut 30,15-20). Jesús reafirma esta enseñanza diciendo a todos sus oyentes: “Si no os convertís, pereceréis todos”.

Cuando el Santo Cura de Ars fue mandado a ese pueblo el Obispo le advirtió: “No hay mucho amor de Dios en Ars”. En los días en que nos toca vivir no hay mucho amor de Dios. Es más, hay indiferencia y a veces total prescindencia respecto de Dios. Pero el resultado es que cunden las fuerzas de la muerte, como se nos ha advertido. El Concilio lo dice sintéticamente: “Sin el Creador, la creatura se desvanece... por el olvido de Dios la creatura se oscurece” (GS 36). No puede el hombre por sus propios medios vencer las fuerzas de la muerte, que hoy se difunden peligrosamente. El único que puede vencer a la muerte es Cristo. Él define su misión así: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

Con la parábola de la higuera estéril Jesús nos exhorta a no diferir la conversión. ¿De qué sirve una higuera, si no da fruto? El dueño dice claramente: “Si no da fruto, la cortas”. Jesús nos enseña en qué modo podemos dar fruto: “El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto. Separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). La conversión consiste entonces concretamente en acoger a Jesús y vivir conforme a su palabra. Entonces actuarían en nosotros las fuerzas de vida. Todo otro medio que el hombre ha usado hasta ahora para cohibir las fuerzas de la muerte se ha demostrado ineficaz; es inútil, ¡no hay otro medio!

 



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