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Predicar la conversión a todas las naciones

La Ascensión de Jesús La Ascensión de Jesús

Autor:Felipe Bacarreza Rodríguez   |    Publicacion:02-06-2019

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La Ascensión de Jesús al cielo, ocurrida cuarenta días después de su resurrección, es lo que celebra la Iglesia este domingo.

“Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Jn 16,28). Jesús dijo estas palabras ante sus discípulos en la última cena con ellos. Esa cena fue preparada por Jesús precisamente porque “sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13,1). Jesús nació de la Virgen María en Belén de Judá y se crió en Nazareth; este es su origen terreno. Pero él repite varias veces que su origen es divino y que él, habiendo venido al mundo, no dejó a su Padre: “Yo y el Padre somos uno... Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 10,30; 14,11). O, como resume el autor del IV Evangelio: “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1,18).

“Pasar de este mundo al Padre” significaba en esa hora enfrentar la pasión y muerte en la cruz, resucitar al tercer día y ascender a la derecha del Padre. La Ascensión de Jesús al cielo, ocurrida cuarenta días después de su resurrección, es lo que celebra la Iglesia este domingo. Con este hecho se completa la misión de Jesús en este mundo.

¿Para qué salió Jesús del Padre y vino al mundo? Escuchemos la respuesta de sus labios: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). La verdad acerca de todas las cosas, pero sobre todo, acerca del ser humano la encontramos sólo en Jesús. Así lo declara la fe cristiana, expresada en el Concilio Vaticano II: “En verdad, el misterio del hombre no se esclarece sino en el misterio de la Palabra encarnada... Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación” (G.S. 22). La grandeza de la vocación del hombre consiste en que también él está llamado a “pasar de este mundo al Padre” y a gozar de él eternamente. Jesús no sólo nos reveló la meta, sino también el camino: “Yo soy el camino... Nadie va al Padre, sino por mí” (Jn 14,6). ¿Por qué puede él definirse como el “camino” y, sobre todo, hacia ese destino? Responde él mismo: Porque “Yo soy la Verdad” (Ibid.).

Aceptar esto y vivir en consecuencia, eso es la conversión, eso es lo que Jesús manda a sus discípulos predicar en su último encuentro con ellos antes de ascender al cielo: “Abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras: está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones... Vosotros sois testigos de estas cosas”.

“Predicar la conversión a todas las naciones” es la misión que Jesús encomendó a sus discípulos, como una prolongación de su propia misión. La conversión es la aceptación de Cristo como la Verdad que salva al hombre y lo conduce al Padre. Los discípulos de Cristo tienen que anunciarla a todos los hombres, en la certeza de que la Verdad, una vez mostrada en toda su belleza intrínseca, cautiva a los hombres de buena voluntad, a los hombres que la buscan de todo corazón. Para esta misión tan sublime, Jesús les prometió una asistencia indispensable: “Yo voy a enviar sobre vosotros la Promesa de mi Padre... seréis revestidos de poder desde lo alto”. El origen de esta ayuda necesaria –el Padre...desde lo alto- nos indica de qué tipo es la Verdad que anunciamos.



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