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Crucificción - Las migraciones de Agustín Ramos


Publicacion:02-08-2019

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Su relato se centra en uno de los gravosos problemas contemporáneos que asola a la humanidad infortunada.

[Ahora el narrador Agustín Ramos (Tulancingo, Hidalgo, 1952) nos entrega este cuento que pronto pasará a formar parte de un libro de relatos que actualmente está trabajando. Autor de novelas como Al cielo por asalto, Tú eres Pedro, Como la vida misma, Olvidar el futuro, Ahora que me acuerdo, La vida no vale nada, La gran cruzada, Justicia mayor o La noche, su relato se centra en uno de los gravosos problemas contemporáneos que asola a la humanidad infortunada.] 

 

Migraciones

Agustín Ramos

 

I. Pascua

Como si todos los orines y los llantos de su recién nacido se fundieran con los nueve meses nueve que lo anduvo gestando entre hambres de todo, mudanzas de nada, mudeces prudentes y cegueras forzosas, para formar este rumbón de rayos y centellas, la adolescente deja de arrullarlo y en falsa señal de rendición pregunta a los lamparones del cielo raso, ¿de dónde le viene tanta fuerza a esta criaturita?, para después mecer con violencia la hamaca y recorrer una cuarteadura legañosa de musgo tierno que se oculta como ratón tras la repisa donde su difunta madre, la abuela del nené, encendía una veladora a la Virgen de Regla, para reaparecer pared abajo. El niño llora más fuerte. ¿De dónde, madre mía?, masculla la muchacha y sigue buscando con los ojos una explicación que no está en el boquete de la duela ni en el cochambre de la hornilla ni en ese catre más vencido que los sueños de su madre y de ella juntos. Más berridos. ¿Del alma, coño, de ahí le vendrá tanta energía?, la pregunta le restira los labios. Esa cosa, el alma, no existe nené, se responde y recobra el carnoso dulzor de su boca, ni siquiera en tu cuerpito culicagao. Su niño, caireles de oro, dos uvitas sin cáscara en la frente de canela y azúcar y sobre el pellizco de la nariz, se queda callado y sube el volumen de las ráfagas de lluvia, el ritmo de las múltiples goteras. ¿Será que con los cien días de vida le fue creciendo al nené alguna gracia para dar la pejiguera con esta rotundidad que sólo los que estrenan traen consigo o ya traía la carga en el momento de venir a este diluvio de mierda?

II. Maná

Desgarrones de nube percudían la luna antes de asfixiarse en la circularidad negra del horizonte. El diablo erizado del agua empezó a remover, con incipiente irritación, la balsa construida entre todos con cuanto hubo a la mano y que luego, cuando la compasión desplazó al miedo, comenzó a resquebrajarse. Después, las ráfagas parecieron menos estridentes y persistentes que el bulto de la madre precoz a quien los restantes fugitivos fueron arrimando al borde. Por eso fue ella, a mitad de este mal sueño, quien descubrió una fugaz parálisis en el oleaje, unos rayones rígidos, las aletas dorsales con que empezó la caligrafía de vueltas en círculo. Todos se acurrucaron empavorecidos en el silencio del mástil. Como ya de nada servía implorar, brotaron odios y amores, planes e ideas y hasta el recuerdo de la gota que derramó su respectivo vaso y los condujo, del fondo de la desesperanza en tierra firme, hasta este trozo de palo al que se aferran todos. Todos menos ella, que no podía dar la espalda al mar ni cerrar los ojos ante las mandíbulas blanquísimas dispuestas a devorar la noche misma, porque ella sólo tenía a su nené, un bulto imposible de callar.

    De la unión nació la fuerza y el acuerdo, de que por bien de todos, chico, el más guapo se acercara como pudiera a la muchacha y le arrebatara el bulto para echarlo por la borda.

III. Sábado

La barca aparece y reaparece entre los coletazos de espuma salada, todos callan, nadie escucha los sollozos de la adolescente, el mal ha pasado como otro desgarrón de nube, el último.



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