Cultural Literatura


La conversación, Rodolfo Serrano: la poesía es la calle 


Publicacion:23-08-2019

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El escritor español presentó en Madrid su más reciente libro intitulado Estaciones perdidas / 1998-2010, en el cual hace repaso de su obra poética.

México.- Rodolfo Serrano (Villamanta, 1947) se reconoce deudor de la poesía de quien suele ser conocido como el poeta de la melancolía: el catalán Joan Margarit, autor de una vasta obra que conmueve a través de habitar los terrenos de la mirada retrospectiva, los ayeres plagados de adioses, la nostalgia por la infancia y las evocaciones a su hija Joana (quien falleció a temprana edad). No es de extrañarse entonces que Serrano, contando con tal referente, haya intitulado su más reciente libro Estaciones perdidas (bajo el sello editorial Kasbah). Desde tal reunión de su poesía escrita entre 1998 y 2010, el ex colaborador del diario El País realiza un repaso de lo vivido como quien evoca calendarios menos hostiles, no tan plagados de años terribles dignos de olvido ni adioses en salas de embarque o desayunos mientras leemos en el periódico que el mundo se derrumba.

      En diálogo a través de correo electrónico con Notimex, el también autor de La blancura de la ballena (2011) nos abre la puerta de la cocina en la cual ha elaborado no sólo su más reciente material literario, sino también toda una manera de estar en el mundo. La poesía de Serrano pareciera ser una puesta en práctica de cierta pedagogía, cierta sabiduría sobre cómo no perder la facultad para encontrar belleza en este mundo. Habitar la vida como si cada día prometiera un destello de felicidad (o como sabiamente dijo otro poeta español, Luis Rius (1930-1984): “No se puede vivir como si la belleza no existiera”.

 

 

Los jirones del pasado 

El poeta de 72 años de edad anida sus temáticas de escritura en pasajes tanto personales como históricos-sociales de su natal España; en ellos pueden rastrearse menciones a las experiencias de su familia dentro del cruento contexto de la Guerra Civil española y la posterior dictadura del general Franco. El niño que en un futuro se transformaría en escritor, pareciera haber hecho cuerpo aquellas últimas palabras halladas en un bolsillo del abrigo del imprescindible Antonio Machado (uno de sus referentes poéticos y de ética). Se sabe que, al morir el 22 de febrero de 1939 —al sur de Francia— dentro de su prenda de vestir se encontró un pequeño papel con la frase “Estos días azules y este sol de la infancia”, como si, a pesar de estar ya por cruzar los territorios de la muerte, el poeta de la generación del 98 aún evocara aquellos lejanos días de su niñez, en los cuales no había ni guerras ni olvido.

      —¿Por qué eligió ese título para su más reciente libro de poesía reunida? Pareciera evocar que un tren no pasa dos veces y en ello existe algo de extravío, quizá nostalgia por lo que no fue. ¿Es así o desde cuál lugar emocional ha elegido dicho título?

      —La pregunta no va descaminada. Le di muchas vueltas. Me parecía que editar de nuevo unos libros que tienen entre 20 y 10 años era como volver a un pasado que fue y se perdió. Tú sabes que en mi poesía hay una evocación frecuente a los trenes y a las estaciones como metáfora de la nostalgia. Quise transmitir esa sensación de las estaciones perdidas en algún lugar de la memoria, del tiempo.

      —Leyendo varios de sus poemas, el lector encontrará que existen evocaciones recurrentes hacia su infancia; incluso familiares suyos aparecen en sus textos, como el caso de su abuela Juana (mujer que estuvo en el bando republicano durante la Guerra Civil española y quien, al término de la misma, fue humillada en su pueblo por parte de quienes ganaron esa etapa de la historia española) o su mismo padre, albañil represaliado por ser rojo y a quien no le asignaban trabajos en su pueblo, teniendo así que recorrer en bicicleta 40 kilómetros de ida y otros 40 de vuelta cada día hasta que no soportó tal situación extrema y su familia se trasladó a Madrid, ciudad en donde sí fue ocupado en su oficio. ¿Cuál es el papel que la memoria desempeña dentro de su escritura poética? ¿Para qué recordar?

      —Efectivamente. En mi poesía la familia, la niñez, mi abuela La Tia Juana, mi padre, mis amigos forman parte del mismo universo. Reconozco que yo he estado y estoy muy obsesionado por la memoria. La memoria es lo que nos hace sentirnos vivos. La memoria, el recuerdo de la escuela, del pueblo, de una mujer amada... es necesaria. Es la única forma que tenemos de mantener vivos los recuerdos y a la gente amada. Mientras recordemos, mientras no olvidemos, entonces los nombres y las cosas estarán vivas, a nuestro lado. La muerte es el olvido. Y, por eso, persigo hacer vivir en mi poesía todo lo que ha hecho de mí lo que soy.

 

 

De oficio: buscador de belleza cotidiana 

 

—Si bien es cierto que su poesía habita el territorio de la memoria y hasta de cierta melancolía; también sus escritos están repletos de cotidianeidad: un viaje en Metro; la espera en una fila para pagar la factura del servicio eléctrico; un café y la charla con un viejo amigo; la mirada tierna de una muchacha que habla por teléfono en pleno centro de Madrid o la manera de descubrir el mundo por parte de alguno de sus nietos. ¿Existe poesía en actos tan sencillos y cotidianos? ¿Por qué mirar y escudriñar lo que la gran mayoría pasa por alto?

      — ¡Ah, es que la poesía es la calle, lo cotidiano! Lo que vive el ser humano cada momento. Todo acto humano es poesía. Sólo basta con saber buscar en el día a día la grandeza del hombre y la mujer. Decía Celaya que maldecía “[…] la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”, y abogaba por la poesía para el pueblo, en el lenguaje del pueblo. Los poetas que más me han marcado han sido Antonio Machado, Gil de Biedma, el mismo Gabriel Celaya o Joan Margarit y Luis García Montero. Todos ellos recurren a la poesía de lenguaje popular, sencillo, a un lenguaje bellísimo donde lo cotidiano adquiere una belleza insuperable.

      —Al leer La blancura de la ballena, Los cuerpos lejanos (2016) o Tu nombre estaba en todas las ciudades (2017) uno se percata de que su poesía es conversacional. Rodolfo Serrano pareciera estar en constante susurro de lo que él mira en su día a día. Da la impresión de que la hoja en blanco le sirve para hablarle a alguien, una especie de confidente o cómplice. ¿Cuál es la importancia de esas ausencias tan presentes dentro de su obra poética? ¿Quién es esa persona a la cual Rodolfo Serrano le escribe mensajes en botellas arrojadas al mar?

      —Trato de conversar, como decía don Antonio Machado, con el hombre que siempre va conmigo. Con mi otro yo. Y ese otro yo es el hombre y la mujer que vive junto a mí, que sufre por las cosas que ocurren a su alrededor. Intento escribir desde la cercanía al otro, de su dolor, de sus alegrías, de sus esperanzas. Busco confidentes, sí. Cómplices que crean conmigo que hay un compromiso humano, político y social. Y que somos responsables de este mundo, de sus miserias y de su grandeza.

 

 

Doble personalidad: el periodista 

Durante muchos años Rodolfo Serrano fungió como periodista del diario español El País, trabajo que plasmó en su libro Un oficio de fracasados (2006) —editado en su versión mexicana a principios de 2017 por el sello Colección Kiosco, debido al esfuerzo del también periodista Humberto Musacchio—, texto desde el cual narra experiencias suscitadas durante aproximadamente 25 años de ejercicio de tal labor. Hoy en día es jubilado, alejado de las redacciones de los periódicos. Esa inquietud que en su poesía aterriza al abordar el dolor, las alegrías y esperanzas de los otros, también sirvió de faro y brújula en su praxis dentro del que, otrora, fue el medio impreso más prestigiado en habla hispana.

      —Hace dos años fue invitado por la Feria del Libro organizada en el Zócalo de la Ciudad de México; pero principalmente su participación durante tal encuentro literario giró en torno a su otro oficio, esa especie de doble identidad que guarda: el periodismo.

      —En los tiempos actuales, ¿cuál considera que es el papel de quien se dedica a dicha actividad?

      —Yo he vivido lo que creo fue la Edad de Oro del periodismo en España: cuando los periódicos eran propiedad de capital privado, editores creyendo que los periódicos cumplían una labor social y dejaban en los periodistas la labor de informar en libertad. Hoy los medios son propiedad de corporaciones financieras, bancos y grandes compañías que tienen otros intereses y utilizan los medios para conseguir otro tipo de objetivos, los cuales poco tienen que ver con la información. De todas formas, cuando estuve en México corrí con la suerte de conocer a compañeros de profesión (como Jesús Lemus Barajas), quienes me hicieron ver que en México se hace un periodismo de denuncia, valiente y atrevido, mismo que no guarda relación con el que se hace en España.

      “Nunca he creído en el periodista de título; o sea, el que asiste a una universidad. El periodista es el que sale a la calle, ve las cosas y las cuenta. Ese es el verdadero periodista. Creo que es la única función que tiene y también he dicho que un periodista debe ser honesto; no objetivo sino honesto, hacer su trabajo con honestidad y honradez. Miguel de Unamuno decía que el periodismo había que escribirlo en la calle, con el ruido de los carruajes y las voces de la gente. El verdadero periodismo no se puede hacer desde una oficina, sino que se hace en la calle, viendo lo que pasa y contándolo”.

 

 

Una pequeña tabla de salvación 

—Finalmente, me parece usted un buscador de belleza en los actos del día a día. Dentro del gris asfalto usted suele hallar una rosa; en medio del caos citadino encuentra un acontecimiento digno de ser llamado poético. Para usted, ¿en cuál territorio habita la poesía? ¿Cuál es su función dentro de esta actual sociedad capitalista, de consumo, en la cual existen vidas y cuerpos aparentemente desechables? ¿Un poema nos salvará del naufragio?

      —Confío en que la poesía, si no salva al mundo, ayude a hacerlo más habitable, más humano o, por lo menos, más soportable. No creo que la poesía sea la solución a todos nuestros problemas, pero puede contribuir a dar una cierta calma, una cierta dulzura a nuestras vidas. Eso ya es más que suficiente. En este mundo en el que, cada vez más, somos esos náufragos que mencionas, la poesía puede ser una pequeña tabla para salvarnos del desastre. Ojalá. —expresa el poeta.

 

 

La poesía tiene la palabra 

 

Hemos solicitado al poeta que eligiera un escrito suyo para compartirlo con los lectores de la sección de Cultura en Notimex. A continuación, reproducimos el poema escogido por Rodolfo Serrano, el cual se incluye en Estaciones perdidas.

 

 

Emisión de Radio Pirenaica

 

I

 

Estos días, padre, y en este sol de la infancia

 me viene tu recuerdo como un viento caliente,

 el aire que en verano acunaba las siestas

 y secaba el camino por donde tú llegabas.

  

Recuerdo tus silencios en las noches más frías.

Cuando, sentados juntos, madre contaba historias

y tú te sonreías del pavor a los muertos.

Y decías: “A quien hay que temer es a los vivos”.

 

Luego, más tarde, supe, padre, que tus temores

venían de muy lejos y habitaban cercanos

en las calles de tierra y en las casas de adobe

y te ahogaban el pecho y el corazón de polvo.

 

De la guerra no hablabas, aunque, de tarde en tarde,

nos dejabas mirar la metralla azulada

que aún tenías en el cuerpo y nosotros pasábamos

los dedos por aquellas cicatrices de hierro.

  

El miedo de los vivos te ha acompañado siempre.

Y puso entre tus brazos el dolor de las cosas,

cuando España no era sino la historia triste

más triste de todas las historias posibles.

  

Te recuerdo en la noche cuando en la vieja radio

buscabas entre ruidos que estaban prohibidos

la esperada noticia de que, al fin, aquel año

un viento bien distinto lo barrería todo.

 

Pero nunca llegó aquello que esperabas.

Ni siquiera más tarde, cuando todo cambió

pudiste pronunciar unas nuevas palabras.

Era la historia otra. Y eran otras las cosas.

 

II

 

Tú me enseñaste, padre, a andar en bicicleta

y a mirar la pobreza con orgullo y sin miedo.

Y que todo es de todos cuando el hambre lo dice

y que el dinero vale para comer hoy mismo.

  

Recuerdo tu sudor amasando el adobe.

Y los sacos de pájaros que te daban a cambio

de limpiar los tejados y la fiesta que era

aquella noche en casa –risa y pájaros fritos–.

  

Yo no sé si he tenido tiempo para contarte

de mis libros y versos. De mis tristes triunfos,

de mis dulces fracasos. Ni de las muchas veces

que te he echado de menos cuando he llorado solo.

 

 

Y de lo que me gustaba el mediodía del sábado

cuando los dos tomábamos en aquel bar de Poli

un vino y me decías que, al fin, los socialistas

subirían las pensiones. Había que darles tiempo.

  

Luego una sombra oscura te cubrió la memoria.

Y tu mundo fue negro como el de aquellas noches

de los cuentos de madre en la cocina fría

y mirabas sin vernos. Y llorabas a veces.

 

Ahora, en estos días azules de mi infancia,

cuando tengo los mismos años que tú tenías,

te recuerdo callado y me dicen a veces

que soy como tú mismo. Y, como tú, yo callo.

 



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