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Borges, a 120 años de su nacimiento

 Rafael Olea Franco, especialista en la obra borgiana Rafael Olea Franco, especialista en la obra borgiana

Publicacion:25-08-2019

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Se trata de los pocos autores de quienes tras su muerte no se pierde el interés por su literatura, por el contrario, crece

Eterno nominado al Premio Nobel de Literatura, que nunca obtiene no obstante que es de los escritores que más lo han merecido, el argentino Jorge Luis Borges es el creador de un estilo propio e inconfundible de literatura, del cual Tito Monterroso decía que era el más fácil, pero también el más difícil de copiar. Se trata de los pocos autores de quienes tras su muerte no se pierde el interés por su literatura, por el contrario, crece, y lo anterior queda demostrado por el hecho de que continúa la traducción de su obra completa a otros idiomas, la más reciente al chino, en 2006, es decir 20 años después de su muerte, y la publicación de estudios sobre sus cuentos, ensayos o temas recurrentes crece cada año. 

Lo anterior se puede entender por la universalidad de sus textos que consigue no sólo por tratar temas de la misma índole, sino por los conocimientos del género humano que incluye en ellos. En charla con Litoral, el doctor de El Colegio de México (Colmex), Rafael Olea Franco, especialista en la obra borgiana, señala que el narrador, ensayista y poeta, cumple con dos características que pocos literatos tienen: ser escritor y pensador, y ello se demuestra, obviamente y en primer lugar, por sus libros, y en segundo por los saberes en diversas materias, entre ellas filosofía, matemáticas, tradición y costumbres judías, y de otras literaturas que incorpora a su escritura. Esta conjunción de literatura y conocimientos hace que consiga una literatura única, que lo identifica y lo hace universal, pues se trata de temas que le son comunes a las personas en cualquier punto del planeta.

Por ejemplo, Borges, de quien el 24 de agosto se cumplen 120 años de su nacimiento, gustaba de la filosofía idealista y pensaba que el alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) había resuelto los misterios del universo, y esos conocimientos los traslada a su obra, pero literariamente, es decir “con carnita”, de una manera no tajante como lo son los libros o los discursos filosóficos.

De ahí viene también su contemporaneidad, señala al recordar que en el centenario de su nacimiento (1999), José Emilio Pacheco dictó una serie de conferencias en El Colegio Nacional en las que hizo hincapié en que, a diferencia de otros autores, quienes cuando mueren se pierde el interés en ellos, con Borges no ha sucedido así, por el contrario, aumenta, lo que continúa hasta hoy. Por ejemplo, es uno de los escritores de todos los tiempos más traducidos a otras lenguas.

De su obra puede decirse que es en sí misma un estilo y que es muy compleja, pero la complejidad no significa dificultad. De lo primero, Monterroso (1921-2003) decía que era el más fácil de imitar y el más difícil, pues quien lo intenta es fácil de identificar como una copia. Y de lo segundo, el mismo Borges recordaba una anécdota sobre el español Francisco de Quevedo, de quien en su tiempo se decía que su literatura era muy difícil, a lo que sus seguidores respondían: si se pone sobre la mesa un juego de damas y otro de ajedrez, el primero es más sencillo y el segundo más complejo, pero más rico.

La obra de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, Argentina, 24 de agosto de 1899-Ginebra, Suiza, 14 de junio de 1986) permite varias lecturas, en cada una de las cuales se descubrirá algo nuevo, un ángulo o un conocimiento nuevo (de otras literaturas, de filosofía, cábala, etcétera), y en cada una de ellas se disfrutará igual o más, lo que no ocurre con otros autores. Igualmente es un innovador, como ocurre en la literatura detectivesca y como muestra está su narración La muerte y la brújula. Olea Franco recuerda que una obra de este género debe tener un enigma a resolver, en el que hay un crimen o no. En el cuento mencionado Borges introduce, muy a su estilo, datos del conocimiento universal, como lo es la tradición judía, y en una aparente trama de crímenes seriales el final enseña al lector que no es así, que la investigación lleva al detective a su muerte.

Pero hay un elemento más, extraordinario: al final de una discusión filosófica, más bien sofista, el narrador-detective se dirige al asesino dándole una serie de indicaciones para “la próxima vez que lo mate”. Frase que para un lector no avezado será una incongruencia, para uno con conocimientos verá que se trata de una estructura rica, compleja, que hace referencia a la paradoja de Zenón de Elea.

Con referencia a esa memoria prodigiosa y los conocimientos amplios que poseía, recuerda que en su educación infantil recibió como segunda lengua el inglés, porque tenía una abuela con ese origen, y en la adolescencia viajó con su familia a Inglaterra, en busca de una cura para su padre, quien padecía en los ojos una enfermad incurable que terminaría por heredarle a su hijo. Pero es 1914 y en Europa empieza la Primera Guerra Mundial por lo que la familia debe permanece ahí hasta 1921, entonces se le envía a estudiar a Ginebra, en alemán.

Por cierto, se trata de una época que recuerda triste, por la persistente lluvia, pero que casualmente al final de su vida la retomará con alegría, al grado que decide morir (14 de junio de 1986) y ser enterrado en Bruselas, lo que los argentinos han tomado como máxima traición.

El conocimiento del inglés, sobre todo, le permite acceder a una amplia gama de conocimientos de prácticamente todo el mundo, mientras que el alemán lo aprende de libros de filósofos de ese país, conocimiento que le interesaba en particular. También vive en España. En fin, su educación es amplia, variada, con intereses marcados en literatura, filosofía, historia, teología, lo que le permite formar una biblioteca personal, de títulos que le inspiran para crear su obra, pero además de ello está su creatividad.

De esta, el doctor en Filosofía (Lenguas Romances) y en Literatura Hispánica por la Universidad de Princeton y El Colegio de México, refiere que se pueden identificar dos etapas creativas, que no son radicalmente diferenciadas, una primera que se da en los años 20 del siglo pasado y la segunda, que es la del Borges que es admirado, inicia en los 40. En la primera se le nota cierto interés que tuvo por lo experimental, más que por las vanguardias, y también por su nacionalismo, en particular su amor a Buenos Aires. Del primer ciclo son los libros Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza, que son sobre todo de ensayos, aunque también publica poemas. Libros que Borges pide no se vuelvan a publicar, que desaparecieran de su bibliografía, aunque su viuda, María Kodama, ya ha autorizado su reimpresión. Se trata de poemas y ensayos con una redacción muy enrevesada, con muchos juegos que no llegan a cuajar, detalla.

En los años 30 se nota un cambio en su literatura, que es cuando empieza a escribir relatos, cuentos, que publica por ejemplo en el libro Historia universal de la infamia. Para los 40 ya concreta su estilo, el cosmopolita, el de conocimientos vastos en diversas materias, el obsesionado por los laberintos, el tiempo circular, la tradición judía, el ajedrez, los tigres, etcétera. Sin embargo, acota, el primer Borges no desaparece, pues hasta el último de sus días seguirá escribiendo poemas sobre Buenos Aires.

EL ALEPH, 70 AÑOS

El libro El Aleph cumple 70 años en 2019, quizá uno de los más conocidos y contundentes del escritor, y es muestra de la forma de escritura de Borges, muy oblicua, es decir, inicia de una manera y luego tuerce, da media vuelta hacia el tema que al escritor interesa y regresa al origen. El cuento del título es un ejemplo: empieza narrando una historia de amor, del narrador por Beatriz Elena Viterbo, para pasar el deslumbrante objeto del cuento: el aleph, un “lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”. Lo que hace Borges en esta narración es hablar del proceso de escritura, porque uno de los personajes, Carlos Argentino Daneri, escribe un poema llamado La Tierra a partir de T-O-D-O lo que ve a través del aleph, mientras que el narrador cuenta que escribe también algo, pero en sentido inverso, generalizando, seleccionando, eliminando cosas, porque no todo puede caber en una obra literaria, ya que sería enorme, inabarcable, inacabable.

En el fondo de este cuento, puntualiza, lo que hay es una referencia a la mirada divina, la que permite ver todos los lados de una esfera al mismo tiempo, lo que es humanamente imposible. Hay otros que han visto una preinvención del internet, en la que es posible múltiples cosas al mismo tiempo.

Unos más relacionan al cuento con la escritura misma: con la Beatriz de La Divina Comedia; Elena, la Helena de la mitología y la literatura griegas, y porque con la escritura es posible “ver” todos los lugares y objetos sin estar o haber estado ahí.

Hay otros elementos del cuento que vale la pena mencionar, como que Borges se convierte en un personaje del cuento. Veamos: del personaje Carlos Argentino Daneri -al que aborrece tanto- dice que trabaja en una biblioteca del sur de Buenos Aires, como Borges lo hizo en la Biblioteca Ideal Miguel Cané. Pero, además, en el momento más emotivo del cuento el narrador expresa: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”. Y es entonces que el cuento regresa a su inicio, a la historia de amor. Borges muestra de esta manera que su literatura abarca todos los aspectos humanos, tanto la del hombre frente a lo que le rodea, pero también hacia su interior, a las pasiones, al amor, además que es irónico.

Al respecto, vale la pena mencionar que El Colegio de México sacó una edición de la redacción original del cuento, en la que se ve los cambios que Borges hace, entre ellos el que en un principio Beatriz Elena y Carlos Argentino eran hermanos y no primos, lo que es importante porque en el cuento se menciona que en la correspondencia que mantienen se establece que hubo una relación íntima entre ellos, lo que nos hablaría de incesto en alto grado.

Sobre ello, recuerda que Borges era muy obsesivo al publicar, corregía, cambiaba, buscaba opciones, aunque manejaba una frase: la concepción del texto definitivo solo está en la religión (las escrituras sagradas) o en el cansancio, así como afirmaba que el noveno borrador no siempre es mejor que el primero o el segundo.

MÉXICO

Jorge Luis Borges sostuvo una relación especial con México, con algunos escritores, en especial con Alfonso Reyes. Esta amistad inicia cuando el intelectual mexicano era embajador en Argentina, en la segunda mitad de los años 20. Incluso su poemario Cuaderno San Martín fue publicado en una colección que dirigía el pensador mexicano, titulada Cuadernos de Plata. Desde el inicio hubo mucha coincidencia y complicidad literaria entre ambos, no obstante que Reyes era 10 años mayor que Borges, y pudieron hacer más, pero el mexicano terminó su labor diplomática y regresó al país. Cuando el mexicano muere, en 1959, Borges declara: Alfonso Reyes me enseñó que el español puede ser un instrumento de precisión y elegancia.

También le escribe un poema, AR (Alfonso Reyes), en el que destaca que Reyes había abarcado toda la circunferencia de la escritura.

Otro autor mexicano al que se acerca es Juan Rulfo, sobre todo por la novela Pedro Páramo y la atmósfera fantástica que genera, pero no se conoce nada que haya dicho o escrito de El llano en llamas. Incluso, a la novela le escribe un prólogo en el que dice que es una de las mejores obras de la literatura en lengua española y quizá de la universal.

También deja huella en escritores como Juan José Arreola o en José Emilio Pacheco, pero con quien no fluye mucho la relación es con Octavio Paz, lo que se pudo deber a un asunto personal, por alguna declaración o porque al argentino no le interesaba mucho leer a los escritores jóvenes, como Paz lo era; él se inclinaba por los clásicos.

RECONOCIMIENTO

El reconocimiento a la obra de Borges empezó en la década de los años 40. En los 20 era muy poco y mejoró en los 30. En los 50 empieza la traducción de su obra, primero al francés, y a pesar de que su fama se hizo universal en los 60, al obtener el Premio Formentor, jamás obtuvo el Nobel, no obstante ser de los pocos que se lo merecían. Al respecto, él ironizaba y declaraba cada año que una vez más sería candidato al galardón, pero que una vez más no lo obtendría. En esa omisión tiene que ver su relación con el régimen de Augusto Pinochet, del que recibe un reconocimiento. Olea Franco recuerda que hubo quien le dice que es un error, pero Borges decía que por ética ya no podía echarse atrás, declinar. Era una persona conservadora, aunque no exactamente un animal político. Sin embargo, como lo revelara el poeta argentino Juan Gelman, quien se refugió en México de la dictadura de su país, fue favorable al caso de las Madres de la Plaza de Mayo y les firmó un desplegado de apoyo, lo que le vale la animadversión de la junta militar.

Borges estaba marcado por el peronismo, gobierno que no lo trata nada bien, además de que con su ceguera también pierde relación con la realidad política, a la que asociaba con la era peronista.

Pero Borges no necesitaba el Nobel para ser el escritor que es, como lo en su momento lo dijo José Emilio Pacheco.



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