Cultural Más Cultural


Huellas de gritos y tempestades


Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:01-09-2019

+ + - -

Los tambores de aire en la batería suenan en su imaginación: uno detrás de otro, como parches desprestigiados por tanto golpe con las batacas

Un golpecito en la puerta


Olga de León

Caro quería dormir, más que por sueño para olvidar. Para no sentir, para dejar de sufrir. Los últimos días el dolor se había vuelto un huésped indeseable en su hombro, parte de la espalda, el cuello y todo el brazo y mano. No quería tomar analgésicos. Decía que su cuerpo ya estaba lleno de drogas: -“No más”, se había dicho y se propuso soportar hasta el límite de casi el desmayo. …pero no se desmayó. No ese día, ni el siguiente.


Después de ver lo que la valoración del examen decía, tras haberla recibido por correo electrónico, pensó: será que tanta insistencia en la terapia física diaria, me habrá causado más daño que bien. No era masoquista, ni buscaba culpables; solo quería que los dolores se fueran muy lejos de ella, que dejaran en paz su cuerpo, pues ya no era solo el lado superior derecho, ahora sentía también molestia incluso en el oído y en toda la pierna. Por qué le dolía la pierna derecha, si el problema al parecer estaba en el hombro…


Apenas habían pasado cuatro o cinco días de que se diera cuenta que le dolía también la pierna, cuando empezó a sentir que el hombro y la mano izquierdos le dolían; mucho menos, pero dolían. Así había empezado el lado derecho, recapacitó recordando perfectamente la leve intensidad de los dolores el primero y segundo mes. Paró en seco su pensamiento y enderezó sus ideas en torno de una: “-Me estoy sugestionando”. No, continuó pensando, no me duelen, es mi imaginación.

Pero sí, ya le dolían también. Tuvo que examinar sus ideas una vez más y concluyó: seguro, es así porque desde hace cinco meses uso más el lado izquierdo; hago con ese brazo lo que antes hacía con el derecho: cargar el bolso, sostener la taza con café, sacar cualquier cosa de cajones o del coche, la despensa -por ejemplo. Claro, ahora me esfuerzo para no hacerlo con el brazo ni mano derechos: lo hago con los izquierdos.


¡Qué necedad!, ¡en cuántas tonterías entretengo el pensamiento! Voy a aburrirme y cansar al que esto lea. Y dio un giro de ciento ochenta grados, para volver sobre la primera línea: “Caro quería dormir…” Y se había tomado un fuerte analgésico. Así que el efecto inició en lo que empezaba a tomar forma el tercer párrafo…


A veces, solo a veces, se pueden lograr buenas cosas, textos interesantes, bajo los efectos de una mezcla química e infusión de hierbas, tés. Eso se dijo. Quería convencerse de que podía crear una historia, seguir escribiendo, abrevar entre las líneas manchándolas de negro.


Y Carolina se durmió profundamente, no se levantó, como en sueños creía haberlo hecho. No había escrito ni antes ni después de caer en reposo total. La casa estaba en penumbra y nadie había en ella para muestra alguna de vida. Todo era silencio. Apacible y hermoso silencio. Ella siempre amó el silencio, quizás porque era una parlanchina y conversadora por excelencia. Donde quiera que se encontrara, hallaba a alguien que la escuchara y con quien intercambiar frases y clichés propios de una vida común, cotidiana.


Si bien podía hablar de temas serios y de su especialidad, esos se los reservaba para el foro o la cátedra. ¿Desde cuándo no la invitaban a dar una plática o dictar una conferencia? Mucho, mucho tiempo. Un año, menos… ¡Por qué no podía precisar el tiempo!, era como si se le hubiese borrado la memoria… Pero, no. Sabía muy bien en qué año vivía, cuántos años tenía… ¡demasiados ya!


Entonces entendió que estaba dentro de un sueño, que no era el de ella. Sí se había dormido, pero su sueño no le pertenecía… O, ¿acaso no era ella la misma persona que se recostó en la cama, rodeada de almohadas y cojines bajo su brazo derecho?


Soñaba que estaba en medio de un tornado o huracán, categoría 4. Las olas del mar se elevaban por encima de las casas más cercanas, los autos eran levantados en medio de una polvareda negruzca y el agua marina dominaba las calles y avenidas… Curiosamente, su cama estaba intacta, flotaba sin mojarse ni humedecerse siquiera. Tampoco ella estaba mojada ni golpeada por los objetos que pasaron encima de su cama.


Repentinamente, sintió como si cayera del techo de la casa y volviera a quedar recostada en su cama… Entonces, antes qué había sucedido… ¿la cama voló sola, sin ella encima? ¿Qué estaba pasando?


Un golpecito en la puerta de la recámara, la despertó. No podía incorporarse, se lo impedía un dolor exagerado en todo su brazo, muñeca, mano, cuello, hombro y paleta del lado derecho. Trató de girar un poco el cuerpo, tampoco pudo… En eso, la voz de su hija la tranquilizó: no te levantes madrecita… He venido solo a verte y saber, ¿cómo sigues?


-Bien, de no ser por estos dolores insoportables que ya llevé hasta mi sueño.


-¡Cómo crees!, ¿por qué?


-Experimentos literario-creativos que se me ocurren. Pensé: a ver si así se van de mi cuerpo y se quedan en el de la personaje onírica, -dijo sonriendo con ironía. -Pero no resultó. Ya ves tú que no pude moverme ni levantarme: -volvió a sonreír, ahora con una mueca de dolor que trató de ocultar.
-Bueno, no te estreses, trata de volverte a dormir. Por aquí estaré. ¿Quieres que te prepare un té?


- No, gracias, ya tomé demasiados y además hubo mucha agua en mi sueño… Aunque no estoy segura de haber soñado… pues yo no logré dormirme por los dolores.


La hija, a punto de salir de la recámara, le dice: -¿te apago el radio? Y la madre contesta: -¿Cómo, está encendido? –Sí, muy bajito, están dando la noticia de la ruta del huracán número 4; baja su mirada y observa que el tapete junto a las pantuflas de su madre, estas y los holanes del cubrecama, están mojados. Huellas de un sueño real y una tempestad…


Bajo los gritos desesperados del viento


Carlos A. Ponzio de León

El joven Johnny marca el tiempo tronando los dedos. En la mesa contigua, una mujer le da a probar un pedazo de pastel a su pareja. Desde las bocinas del café, se escucha tocar a una banda de jazz, a una velocidad de ciento cuarenta negras por minuto. Frente a su laptop, el joven Johnny, de cabello largo, comienza su carrera como músico compositor de canciones de rock.


Es un gentío grande el que en esos momentos atraviesa la acera, afuera del café. El músico los imagina aglutinados en un foro, cantando al unísono alguna de sus rolas, llevando en el alma un beso pequeño, pero digno de cantarse, de elevarse en el aire con el puño en alto.


El músico cliquea un ícono en su computadora. Se abre un pentagrama y se escriben las primeras notas. Un bajo eléctrico canta un ritmo semi latino. Se reincorpora con notas agudas luego de un acento en la tarola. La idea de que la canción será interpretada por una cantante de mochila en la espalda le hace pensar en el último mensaje que recibió al celular: un cuento sobre un hombre y su suéter en el que luchan a muerte, tal vez de la autoría de Julio Cortázar.


Vuelve a la canción con la monotonía de un par de pisadas lentas, de acordes que van y vienen sin mucho encanto, con el desfase de doce tiempos. El compositor está pensando en su último desencuentro amoroso; pero esta canción es sobre líquidos que, en los ojos, nos secan las lágrimas.


El músico se levanta de la mesa para caminar durante algunos minutos, piensa en cómo retomar el tema del último suspiro: con una nota sostenida en la guitarra eléctrica, en la primera cuerda, en el séptimo traste. La idea desemboca en un hechizo de notas graves que lo iluminan durante dos versos más. Vuelve a tomar asiento y aguarda a que su espalda se relaje. Entonces coloca de nueva cuenta algunas manchas negras sobre la partitura.


Y piensa en el silencio, en la calamidad del calor emitido por una estufa encendida durante el verano, y en el encuentro encubierto entre dos amantes.

Los tambores de aire en la batería suenan en su imaginación: uno detrás de otro, como parches desprestigiados por tanto golpe con las batacas.


Entonces el viento golpea el rostro de Johnny y a Johnny se le secan las lágrimas. Mete un suspiro en su pecho hasta que la coraza de hierro estalla en pedazos. Johnny admite una aceleración del tiempo musical. Se desentiende del ritmo y deja que el movimiento de la música comience a obedecer un destino más incierto.


De pronto, Johnny sueña con un beso, con una sonrisa y un beso, y desfilan al instante las últimas notas de la canción: una chamarra de cuero negro y un látigo que activa un redoble en la tarola. La música de la canción se ha concluido y se asienta en un valle con rocas, bajo los gritos desesperados del viento.



« Redacción »
No hay comentarios
Para publicar un comentario relacionado a la nota por favor llene todos los campos del siguiente formulario