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Las normas no escritas de la vida

De por vidaDe por vida

Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:13-10-2019

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Y se fueron las ilusiones y los ideales también… Pero, si quedan cenizas de lo que fuera no mera pasión sino amor verdadero

De pronóstico reservado


Olga de León

El día de su boda fue un día espléndido. A pesar de ser invierno, el clima estuvo templado, el cielo claro y azul, las nubes altas y blancas sin anuncio ni remoto de lluvias. Aún en la noche, no hacía frío sino hasta el día siguiente…


Cuarenta años después, nada sería lo mismo. Alma y Pablo lo sabían, lo habían visto en sus padres, en sus primos y amigos que siendo mayores, se habían casado antes, y ellos los vieron cambiar. Sabían que eso era lo que debían evitar que les sucediera. Ellos habían apostado porque las cosas fueran cambiando para crecer ambos, no solo uno. Siempre unidos: tenían un pacto.


Cada que veían a sus padres discutir por nimiedades; o a sus amigos casados después de seis o siete años, peleando en público por algo respecto de los hijos o de la actitud del hombre, se veían a los ojos, y en silencio se decían, a nosotros eso no nos sucederá.


…Y sucedió. No supieron cuándo empezó a deteriorarse la relación, pero acabó por romperse a pesar de que seguían casados, unidos en el papel, en apariencia y en la cama… Pero, los ideales y las ilusiones se habían perdido en alguna parte del camino.


Para su fortuna, el amor que un día prendió en el pecho y la mente de ambos, se negaba a morir, por eso continuaban en su papel de pareja ideal. La que así identificaron amigos y extraños cuando los veían conversar durante horas -frente a una taza de café, una copa de tinto o un Whisky- acerca de lo que más les interesaba: las ideas, sobre filosofía, educación, ética, democracia, justicia, equidad...


Entonces todo marchaba perfectamente, los problemas empezaban cuando tenían que enfrentar la cotidianidad: surtir la despensa, los pagos de los servicios, las descomposturas en casa, del auto… Y el dinero empezó a escasear, no era suficiente para satisfacer todo lo elemental y básico de una familia de clase media, educada y que pretendía que sus hijos tuvieran, aun, mayor grado de educación.


Las voces fueron subiendo de tono, cambiaron el ritmo, el léxico se agrió y la miel nunca más endulzó su vocabulario.


“Cuando el dinero no entra por la puerta, el amor se escapa por la ventana”, había escuchado decir a una amiga de su madre, cuando ella, Alma tenía once años. No supo entonces lo que con eso quería decir aquella señora. Pero, muchos años después, lo entendió.


Si bien, ella supo que tal frase podía interpretarse de distintas maneras. Podía aplicarse a la mujer que es infiel, o a la que simplemente deja de querer, o a quien busca entretenerse con las amigas o lo que sea que la haga olvidar las penurias que sufre en casa a falta del dinero que ya no lleva en forma suficiente el marido. Esto sucedía a mediados del siglo pasado, cuando aún las mujeres estaban destinadas solo al cuidado de la casa, del marido y a la crianza de los hijos.


Pero, Almita se había casado al final de los setentas, ella era profesionista y trabajaba lo mismo que el marido, de suerte que su visión del mundo era otra. Como la visión del matrimonio y la crianza y cuidado de los hijos era un poco distinta, ya no eran tan apegadas a la casa, o eso no era lo único.


Y, no obstante, el corazón femenino no cambió mucho con los años, por eso siguieron siendo amorosas madres y fieles esposas, a pesar de las licenciaturas, las maestrías y hasta los doctorados. Los hombres tuvieron que modificar sus hábitos y convertirse en aliados de la mujer y sus compañeros en todo, no solo en la cama. Quienes entendieron bien este nuevo rol que habrían de desempeñar, son los que aún conservan un hogar y una familia sólidos.


El resto pertenece a esa especie en extinción que piensa que lo más importante es que ellas sepan, quién es el que manda. Y es cuando en el matrimonio se vive una lucha por el poder que siempre será fatua e inútil. A ningún lado conduce si lo que se pretende es conservar la unión. Algunos hombres jamás entenderán esto, tienen que demostrar que ellos mandan.


Hay casos realmente patéticos, son los de aquellos que no siendo proveedores, no estando ya en situación económica ni siquiera medianamente solvente, se atreven a querer imponerse a base de gritos y palabras altisonantes. Entonces, las mujeres que aún permanecen a su lado, son verdaderas heroínas y se salvan gracias a su inteligencia, pues son las que piensan: ¡pobre de ti!, no te das cuenta de que lo que crees que me estás gritando a mí, en realidad te lo dices a ti mismo (pues te sientes inferior).


Y se fueron las ilusiones y los ideales también… Pero, si quedan cenizas de lo que fuera no mera pasión sino amor verdadero… y de entre ellas renace una pequeña lucecita que ilumina el noble corazón que un día hubo en aquel hombre al que destrozó el salvaje sistema capitalista, y lo diluyó y condenó a ser sombra gris de lo que un día fue… Y por el otro lado, si la mujer es realmente inteligente, el matrimonio se salvará o saldrá a flote… De no ser así, la vida para el matrimonio es: “de pronóstico reservado”.


Herencia inexorable


Carlos A. Ponzio de León

La herencia que Ramiro quería dejarle a su familia podría resumirse en la frase: “Trabajar y estudiar”. Provenía de una familia humilde, en la que, con esfuerzo, él y sus hermanos formaron su primera empresa, dedicada a la rama de la construcción. Habían comenzado como albañiles en su adolescencia. Años más tarde, lograron reunir dinero para rentar un local y vender ahí materiales para la construcción. Poco a poco, el negocio fue expandiéndose y tuvieron tiempo para concluir sus estudios universitarios. Trabajar y estudiar, le había funcionado.


Ramiro se casó joven y tuvo dos hijos antes de que diera inicio a su segunda empresa. Entonces llegó el éxito de esta y su divorcio. Inmediatamente conoció a Lucero, una mujer que había tenido un hijo, Tomás, de una relación previa. De este segundo matrimonio, a Ramiro no le nacieron más herederos, sino su tercera empresa, que contrató a Helena como contadora.


Siendo Ramiro el único y absoluto director general de la compañía, se ganó la admiración de su contadora, y su amor. Helena y Ramiro comenzaron a vivir una relación paralela al matrimonio de él, que habría de durar el resto de sus vidas, con sus propios altibajos endemoniados.


Tomás, el hijastro de Ramiro, ingresó a los dieciocho años a la universidad, a estudiar ingeniería civil, por iniciativa de su padrastro. Y al mismo tiempo, se incorporó a la empresa de aquel. Ahí conoció a la amante de su padrastro, a Helena, quien a sus casi cuarenta años de edad, aún conservaba mucho de su belleza juvenil.


Helena sedujo al muchacho, aprovechando la timidez del joven y su no tan agraciado aspecto físico, además de su mala suerte con las compañeras de universidad. Tomás adquirió un aspecto más varonil. Sabía que Helena y su padrastro eran amantes, por lo que la rivalidad con el viejo estuvo bien alimentada y sintió que le ganó la batalla al quitarle la propiedad sobre ella.


Ramiro se enteró a los pocos meses, por su propia esposa, quien aquel día le reclamó: “¡Mi hijo anda con la puta de tu amante, maldito desgraciado!”. Ramiro no se sintió triste, más bien enfureció como un fragmento de papel que contiene algunas palabras baratas de amor, y que se arruga cuando lo consume el fuego.


Inmediatamente, fue a buscar a Helena al departamento que él alquilaba para ella, y ahí en la sala, la tumbó, la desnudó y la obligó a tener sexo. Helena lloraba tanto por el dolor físico, como por la golpiza verbal que Ramiro le propinaba durante el acto.


A su hijastro, Ramiro le dio seis meses para que encontrara trabajo en otro lugar. Así hizo el muchacho, halló empleo en una constructora que tenía su sede en Irapuato. El distanciamiento hacia su padrastro, quien le había regalado la educación, nunca desapareció.


Lucero, la legítima esposa de Ramiro, comenzó a dormir en una habitación separada, y a los dos años, consiguió su propio amante, con quien no comenzó a vivir sino hasta que se convirtió ya en una vieja, cuando Ramiro falleció.


Ramiro y Helena mantuvieron su relación por veinticinco años más, hasta que él falleció de un ataque al miocardio, en el trayecto entre la cama de Helena y el baño.


El resto de la herencia de Ramiro: el dinero, se lo repartieron los hijos de su primer matrimonio, quienes no se vieron afectados, excepto por la ausencia de su padre biológico durante la vida; pero no por el resto de las complicaciones inexorables de Ramiro.



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