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Un viaje insuperable por la Provenza


Publicacion:20-10-2019

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Estas son algunas de las joyas, con nombre propio, por las que nos seducirá la Provenza.

La Provenza no es una de esas regiones que aparecen de pronto en el mapa y se ponen de moda. Lleva ya siglos seduciendo a artistas, escritores y bon vivants de todo el mundo. La combinación es perfecta: buen tiempo, playas, rincones preciosos, restos arqueológicos y monumentos históricos y, además, carreteras secundarias para descubrir los campos de lavanda, los antiguos olivares o rutas que discurren junto a los acantilados. Incluso montes nevados. Aquí están el cañón más profundo y la carretera más antigua de Francia, junto con imponentes puertos de montaña; un sueño para conductores. Y, por supuesto, el Mediterráneo al fondo como un espejo azul. Sigue siendo una región a descubrir y si es por libre, mejor. Estas son algunas de las joyas, con nombre propio, por las que nos seducirá la Provenza.

 

1. Marsella, la griega

   Marsella no es la Provenza, ni la Costa Azul, pero es su puerta de entrada. La capital del sur de Francia presume de ser una de las ciudades del país con mayor diversidad étnica y está llena de vida cultural, a la que además se han sumado en los últimos tiempos nuevos museos, como el MuCEM.

   Lo mejor de Marsella para el visitante sigue siendo el Vieux Port, lleno de yates y barcos de recreo. Todo comenzó con los griegos, que fundaron la ciudad hacia el año 600 antes de Cristo, pero de ellos queda muy poco. El heredero de aquella colonia griega es el Viejo Puerto, custodiado por dos baluartes y en el que se acumulan bares, braserías y cafés.

   Pero el barrio más antiguo, el enclave original griego, está en Le Panier, con ambiente artístico y de pueblo, plazas frescas y cafés soleados. Aquí hay rincones únicos para visitantes curiosos, como La Cité Radieuse, una torre vertical de 337 apartamentos levantada por Le Corbusier en 1952 y con la que quiso redefinir la vida urbana, aumentando la densidad residencial y consiguiendo así más espacio para las zonas verdes. Otro de esos lugares interesantes es el famoso Castillo de If, inmortalizado en El conde de Montecristo de Alejandro Dumas; custodia el acceso al Vieux Port, a la vista de todos, aunque aparte de la isla no hay mucho más que ver. Y para divertirse hay que ir a Coeurs Julien, centro del barrio bohemio más animado, con palmeras y rodeada de grandes bares, cafés, locales de conciertos, galerías, librerías y estudios de tatuajes.

   Marsella presume también de buenos productos y buena mesa. Una experiencia agradable es ir al Mercado agrícola, también en Cours Julien, los miércoles por la mañana, donde los granjeros venden hortalizas ecológicas y tarros de mermelada casera al son de la música de acordeón. El pescado fresco se sigue comprando en lo que queda de la antigua lonja del Vieux Port, y en Les Halles encontraremos todo lo que busca un aficionado al buen comer bajo las bóvedas recién reformadas de la catedral La Major, templo del XIX que comenzó a construir Napoleón.

 

2. El Luberon, la imagen de la Provenza

   Rural y tradicional, con sus pueblos de montaña, sus viñedos, sus campos de lavanda y sus antiguas abadías, el valle del Luberon es la imagen más idílica de la Provenza. Aquí la vida discurre de forma plácida y los visitantes se ven obligados a hacer cosas sencillas: ir de compras al mercado semanal, catar vinos, pasear por los pueblos o disfrutar de una larga sobremesa en una terraza con vistas. También es una buena zona para hacer actividades al aire libre, con un montón de senderos para explorar, por ejemplo, los cañones del río Calavon, y de rutas para montar en bicicleta, como la vía férrea en desuso Véloroute du Calavon.

   El macizo del Luberon ocupa unos 600 kilómetros cuadrados y vale la pena explorarlo a fondo por los senderos. Podremos descubrir lugares mágicos, como la abadía de Sénanque, entre aromas de lavanda. O Gordes, un bonito pueblo de montaña con unos atardeceres también muy fotogénicos. En Apt podremos comprar ingredientes típicamente provenzales en el mercado de los sábados por la mañana, y en Bonnieux admiraremos las vistas desde lo alto del pueblo y nos adentraremos en el Fôret des Cèdres, un plácido bosque de cedros que permite huir del calor. Podremos visitar las antiguas casas típicas de la campiña provenzal en Village des Bories o tener una experiencia diferente en Colorado Provençal, una mina de ocre con extrañas formaciones rocosas y colores irisados, a 20 kilómetros de Roussillon.

 

3. Aviñón y el recuerdo de sus papas

Allá por el siglo XIV, Aviñón fue la sede del poder papal, como demuestra su edificio más representativo, el Palacio Papal de Aviñón, impresionante legado de arquitectura eclesiástica presidido por su fortaleza. La enorme plaza que lo rodea es una de las imágenes más fotogénicas de la ciudad: a un lado la catedral románica y, junto a ella, el jardín Rocher des Doms, con grandes vistas del Ródano, el Mont Ventoux y Les Alpilles. Frente al palacio, el Hôtel des Monnaies, que fue la casa de la moneda papal y está decorado con elaboradas tallas de bestias heráldicas.

   Los papas no solo construyeron una gran ciudad, también plantaron buenos viñedos en esta zona del departamento de Vaucluse, como los de Châteauneuf-du-pape, donde se produce uno de los mejores tintos del mundo. Y hoy Aviñón es sobre todo conocida por su festival anual de artes, uno de los más importantes de Francia, que se celebra durante varias semanas de julio. El resto del año, sus principales atracciones son su casco antiguo amurallado, su puente medieval, sus plazas frondosas y sus buenos restaurantes.

   Un buen paseo es la Rue des Teinturiers, junto al canal, una pintoresca calle peatonal del antiguo barrio de tintoreros de Aviñón, famosa por su ambiente alternativo. Centro de actividad industrial hasta el siglo XIX y poblada por tejedores y fabricantes de tapices, ahora es conocida por sus cafés y galerías-taller de estilo bohemio, y también por sus bistrós.    Los bancos de piedra a la sombra de plataneros sirven como perfecta atalaya para contemplar el río Sorgue.

 

4. Verdón, el Gran Cañón de Europa

   Hay pocos lugares de Francia tan espectaculares como las Gorges du Verdon, una enorme garganta de 25 kilómetros de largo tallada durante miles de años por el río Verdón, con riscos de hasta 900 metros de altura. Desde 1997 son el epicentro del parque natural regional de Verdón, y un gran refugio de aves, incluida una colonia reintroducida de buitres leonados. El cañón principal empieza en Rougon, cerca de la confluencia de los ríos Verdón y Jabrón, y los mejores puntos de partida son Moustiers Sainte-Marie, al oeste, y Castellane, al este.

   Para tomar conciencia de sus enormes dimensiones merece la pena verla tanto desde arriba como desde abajo. Y se han inventado toda clase de formas para disfrutar ambas perspectivas: desde excursiones a pie o en bicicleta que recorren los acantilados, como la Route des Crêtes (recorrido circular de 23 kilómetros con 14 miradores en la margen norte, el mejor de ellos, sin duda, Belvédère de l’Escalès), hasta travesías fluviales río abajo en balsa o kayak.

 

5. La Camarga, flamencos y caballos salvajes

   Se trata de la región más occidental de la Provenza, junto al Mediterráneo, poblada por flamencos rosas, caballos blancos y toros negros. Aquí se vive a ritmo lento, en un humedal intemporal salpicado de salinas y arrozales inundados. Pero en todo este espectáculo son probablemente los flamencos el mayor reclamo y casi su seña de identidad.

   La Camarga es también conocida por su principal ciudad, Arlés, famosa por su espectacular arquitectura romana y por haber sido hogar del desventurado Vincent van Gogh, donde pintó más de 200 obras. Es una ciudad pequeña, en la que se puede ir andando a todas partes descubriendo algo en cada esquina. La joya es el antiguo antiteatro romano, Les Arènes, casi intacto, que todavía evoca el poderío de la civilización romana. Peor conservado está el Teatro Antiguo, semirruinoso por siglos de saqueos, pero conserva algo de su elegancia primitiva: en verano acoge conciertos y obras de teatro en un entorno mágico.

   Visita obligada es la Fundación Vincent van Gogh, instalada en una casa solariega del siglo XV. No tiene colección permanente, pero organiza grandes exposiciones siempre relacionadas con el artista y en la azotea hay una terraza que anima a disfrutar de un descaso. Una curiosidad de Arlés son los criptopórticos, unas cámaras subterráneas que se remontan a los primeros tiempos de la colonización romana y probablemente se basen en cavernas griegas más antiguas. Bajar las escaleras desde el corazón administrativo del Arlés moderno hasta las tres cámaras abovedadas, que quizá alojaran tiendas o bodegas bajo el foro romano, es como retroceder 2.000 años.

   El complemento de la ciudad es un viaje por los humedales de la Camarga, protegidos por el parque natural regional de Camargue, con rincones como el Domaine de la Palissade, con marismas para recorrer a pie o a caballo; la reserva nacional de Camargue, una de las primeras del país, creada en 1927, o la Manade des Baumelles, una finca de toros que permite adentrarse en el mundo de los gardians (vaqueros) y observar su agotador trabajo desde la seguridad de un camión.

 

6. Les Alpilles, la inspiración de Van Gogh

   Esta cordillera entre Nimes y Marsella sirvió de inspiración a Van Gogh, que pasó aquí sus últimos años pintando sus paisajes mientras residía en un sanatorio próximo a Saint-Rémy-de-Provence. Hoy la zona es muy frecuentada por los ricos y famosos, y sus ciudades y pueblos albergan restaurantes de talla mundial, como el mítico L’Oustau de Baumanière. Les Alpilles fueron declarados parque natural regional en 2007 y es una zona de pueblos de montaña que se explora en coche o, mejor aún, a pie por alguno de los senderos que serpentean entre los montes mientras contemplamos águilas y alimoches.

   La población más visitada es la coqueta Saint-Rémy, en piedra de color miel, y centrada en una encantadora plaza sombreada. Es uno de esos refugios favoritos de la jet set pero se puede todavía disfrutar de paz y tranquilidad. Al sur del pueblo están las ruinas romanas más impresionantes de la Provenza, la ciudad de Glanum, fundada en el año 27 y muy bien conservada, lo que permite conocer muy bien la vida cotidiana de la Galia.

   El otro pueblo que suele visitarse en la zona es Les Baux-de-Provence, amurallado y encaramado sobre un cerro. Conviene evitar el gentío del verano pero merece la pena: sus estrechas calles adoquinadas suben entre casas antiguas hasta un espléndido castillo en ruinas.

 



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