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¡Emociones que nos transportan!

De viajeDe viaje

Autor:Olga de León / Carlos A. Ponzio de León   |    Publicacion:10-11-2019

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Estaba molesta, enojada todo el tiempo, y aunque nadie lo notara, ella lo sabía. Al principio no se daba cuenta de por qué estaba molesta, ni contra qué o quién

Fiestas de la Sra. Reyes.


Carlos A. Ponzio de León

Aunque cuento con auto propio, yo solía conducir para Uber y Didi solo los fines de semana. Entre semana trabajaba como chofer para la Sra. Reyes: manejaba un Audi compacto que ella pudo comprar con lo que le dejaba su empresa, dedicada a arrendar un inmueble que rentaban profesionistas de la salud, donde se atendían pacientes. El negocio de la Sra. Reyes databa de antes de su divorcio; igualmente, su auto.


Ella vivía al sur de la ciudad, en un departamento que había logrado comprar con su negocio cuando aún estaba casada. Desde entonces, yo fungía como su chofer, de lunes a viernes, porque los sábados y domingos, como ya dije, conducía mi propio auto para ganar un ingreso a través de las plataformas digitales.


El divorcio de la Sra. Reyes vino cuando ella tenía cuarenta y cinco años, ya había perdido algo de su encanto juvenil. Su situación se desmoronó y comenzó a requerir de mis servicios los fines de semana, para que la llevara de aquí para allá, del tingo al tango, de fiesta en fiesta. Así anduvo gastando de más, acumulando deudas en sus tarjetas de crédito, mes tras mes.


Fue entonces que se le acercó un grupo de administradores de un famoso grupo de hospitales que tenía presencia en toda la república, excepto en Monterrey. Querían comprar un predio al lado del edificio de la Sra. Reyes, y también deseaban comprarle a ella su negocio para incorporarlo como parte del nuevo hospital que construirían.


Mi Sra. Reyes, al principio, se hizo de rogar. No quería venderles. Entonces la cadena le ofreció comprar y dejarla a ella como administradora de los consultorios que quedarían en su edificio. Ella aceptó y continuó requiriendo mis servicios como chofer, de lunes a domingo. Siguieron sus fiestas. Entre semana la apoyaba con las vueltas que debía hacer como administradora de los nuevos consultorios.


Pero las fiestas de la Sra. Reyes fueron extendiéndose a los días entre semana. Si tenía alguna reunión en viernes por la tarde, la cancelaba y me pedía que la llevara a este o aquel antro de San Pedro. Ahí la esperaba yo hasta que su fiesta terminaba. Y luego comenzó a cancelar las reuniones del jueves por la noche y las del viernes por la mañana, porque el jueves se iba de fiesta y el viernes no podía levantarse por la cruda. Igual comenzó a suceder otros días. Yo le decía: “No cancele su reunión, señora”, y ella me respondía que no era ella, que a ella le habían cancelado; pero eran puras patrañas.


Los problemas fueron creciendo en su trabajo, y su capacidad para resolverlos se fue mermando. Era como ver un pedazo de limón hundirse en un frasco con mermelada, lentamente, hasta el fondo. Como ver un pedazo de papel carbonizado, hacerse polvo, desmoronarse, desaparecer.


Hasta que llegó el día en que los directivos del hospital hablaron con la Sra. Reyes: la despidieron y le dieron dos meses de liquidación. Pero ella continuó con sus fiestas.


Yo solía hacerle los pagos en el banco. Vi cómo a su tarjeta de débito se le fue acabando el saldo. Hasta que un día, ella habló conmigo: solo le quedaban mil ochocientos. Y eso era correcto. Ese había sido el saldo luego del último pago que yo le había realizado. Ya no podía pagarme como chofer.


Ahora, de vez en cuando le marco a la Sra. Reyes, para saber cómo está. Pero no contesta, nunca me responde. Yo mientras tanto, conduzco mi auto de lunes a domingo, sacando provecho a los servicios de taxi por celular.

 

Viaje al centro de la ficción


Olga de León

Demasiadas emociones golpeaban su corazón y su mente. El mundo parecía venírsele encima. Lo peor de todo, sabía que no se trataba del mundo sino de su vida. Estaba molesta, enojada todo el tiempo, y aunque nadie lo notara, ella lo sabía. Al principio no se daba cuenta de por qué estaba molesta, ni contra qué o quién.


Esta situación, sin embargo, no era de hacía unos días, no; en el último par de semanas, la situación se agravó. Había logrado mantenerse ecuánime en las peores situaciones, así que esta no sería la excepción. Nadie podría adivinar lo que en su cerebro acontecía: una revolución de ideas, de sentimientos encontrados y de emociones casi extremas.


Pronto comprendió. Estaba harta de tanta injusticia. Estaba harta de tanto atropello a la dignidad de la gente, a su dignidad, a la de sus vecinos, a la de todos, que nada pueden hacer contra los dictámenes injustos de autoridades corruptas y ladronas. Y como el gobierno superior es nuevo y prometió reparar todo lo mal hecho, más le desesperaba ver y entender que el presidente no podría resolver los problemas de todos los ciudadanos. De algunos, como los de ella, seguro ni enterado estaba.


Por eso algunos gobernadores, como el de su estado, hacían de las suyas, máxime si el término de su período estaba próximo: “-hay que llevarnos lo más que podamos, compadres”; así les había dicho a los que él puso en cargos diferentes… “Así que empiecen a llenar el costal de Santa: Navidad está cerca”, les instruyó el Rústico.


Este cuento aquí termina, porque para cuento, las ideas son más de lo mismo: no vale la pena hablar de ello. Eso se dijo para sí la cantaora de cuentos. Y se fue a recostar un rato en su descanset, para reposando el cuerpo, en la cabeza se le asentaran las ideas, y pudiera inventar alguna ficción, una que a todos les interesara. El genio apareció y le comenzó a dictar:


“En un apartado lugar, más allá de la realidad, habíase suscitado algo extraordinario”.


…en cuanto ella supo lo que allá pasaba, por una carta que recibió del Ministerio de Baja, no tuvo más pensamiento que viajar y arreglar lo necesario para quedarse en ese lugar que no conocía, pero anhelaba visitar durante el tiempo que las circunstancias lo ameritaran.


Gracias a sus hijos, todo pudo arreglarlo. La hija se encargó de lo práctico y profesional que tendría que dejar por un tiempo. El hijo presto se ofreció a financiar sus gastos para que pudiera trasladarse y se quedara a vivir cuánto fuera necesario. –“Tendrás una gran oportunidad, madre, para escribir tus cuentos y, además, la novedad alimentará tus historias”.


Había leído en la prensa que en ese lugar, estaban solicitando a alguien que le interesara escribir sobre los últimos dos lustros de su comunidad, tierra bondadosa y abundante en flora y fauna que recientemente se había visto amenazada por una caravana migratoria de seres que parecían humanos, pero que la gente cada vez se convencía más de que no lo eran. Y, no porque su tamaño fuera distinto al de los lugareños, pues los nuevos pobladores eran notoriamente más pequeños, chaparros, dirían en el pueblo de la abuela, quien le vaticinó que sería escritora y también viajera incansable, aunque para esto último se tardó algunos años; escritora, en realidad lo era desde casi niña.


Le había llegado una carta designándola ganadora de tal encomienda. Aceptó el reto. Preparó un par de maletas y buscó vuelos… Bueno, en realidad se los buscó su hija… siempre era ella quien lo hacía cuando uno de la familia necesitaba viajar.


Haría dos trasbordos, antes del último vuelo, y de allí viajaría por carretera a donde estaban requiriéndola para que escribiera los anales de la historia de ese lejano pueblo -considerando que ella venía de la Patagonia-, el cual lindaba con la costa de Baja y el mar de Cortés.


Puestos sus pies en tierra, tras el último trecho en avión, indagó si ya la esperaban. Así era, una camioneta con chofer y una mujer la aguardaban para llevarla al destino final. La mujer le informa sobre dónde alojarse, dónde y qué comer… También, a qué hora empezarían el recorrido al día siguiente para encontrarse con el jefe de la congregación de extraños migrantes posesionados del lugar, recién descubierto por las autoridades del país, con quienes no se había logrado dialogar.


Los que invadieron esa parte de Baja, zona igualmente insólita por los bosques y cuevas que nadie había visto ni se sabía que existieran, estaban al tanto de la llegada de la relatora.


La habían elegido para hablar de su historia, de lo que habían hecho hasta la fecha y lo que pretendían allí, quedándose sin mezclarse con los dueños del país y en particular de esa zona, de donde los pocos que antes la habitaban habían salido en cuanto ellos llegaron, como si su presencia les hubiese impuesto esa determinación: dejar el lugar solo para “los chaparros”.


Sí, la novel viajera y ganadora de la distinción de escribir sobre esta rara historia, habría de empezar a hacerlo, mañana.


Y, ¡qué bueno!, pues ella recién se estaba despertando y levantándose de su descanset.



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