Cultural Más Cultural


¡Título… como para qué!

EscritoresEscritores

Autor:Olga de León   |    Publicacion:13-08-2017

+ + - -

Que cómo lo sé, pues porque no avanzo en lo que sea que estuviera leyendo, y lo releo y no entiendo ahora ni entendía, entonces.

Nunca conocí al hombre, aunque lo soñé cual delirio, que surge cuando una debía estar ya en cama, durmiendo; y no lo estaba ni lo estoy, cuando así me siento. Cuando ando brujeando, sin saber qué es exactamente, ni por qué me pasa. Solo sucede: no puedo dormir y me pongo a escribir o a pensar en nada, porque la mente está en blanco, no tiene nada dentro porque nada quiero que tenga: a veces deseo tenerla así, como la hoja en blanco, para escribir o garabatear luego.


Cuando al fin llegue lo que habrá de pensarse o escribirse; según sea el caso. O trato de leer, pero solo trato. Que cómo lo sé, pues porque no avanzo en lo que sea que estuviera leyendo, y lo releo y no entiendo ahora ni entendía, entonces. No salgo de la misma página ni del mismo párrafo o par de líneas: no puedo.


Ninguna de esas actividades, como dirían los letrados, logro hacerla bien, cuando estoy tal cual: somnolienta, medio-dormida o medio-despierta, según se vea y entienda. Yo no lo entiendo de ninguna forma. Más bien es como si estuviese cargada de cafeína o como narcotizado el cerebro, pero sin cafeína ni droga alguna dentro de mí ni en el ambiente.


Sí, es algo muy raro, extraño. Pero, así me pasa y me pasa más seguido de lo que cualquiera pudiera creerme. Como diría Daniel: “Porque parece mentira la verdad nunca se sabe”.


Ahora lo entiendo a él; mejor que cuando lo leí en su novela por vez primera recientemente (y única, para no mentir). No es como que las fiebres me hubiese enrevesado las cosas, dentro del cerebro o en lo que tiene por dentro la cabeza, debajo de los cabellos y del hueso. No, por lo menos no que yo me haya dado cuenta. Nunca he tenido una de esas fiebres, las tales con las que otros van a dar al psiquiátrico, si han tenido actitudes que otros distintos juzgan que requieren de una atención de camisa de fuerza o la fuerza de una camisa y pantalón con amarres para sujetarles los brazos y las piernas: como si las tristezas y sus decepciones estuviesen contenidas en brazos y piernas. O quizás aquellos que así los trataron, fue porque así lo creyeron necesario. …y aún lo creen; o alguien se los hizo creer. Quién sabe. Quién puede saber. Lo que pasa por la cabeza de los demás, ni los propios demás lo saben, menos uno, que apenas si los conoce o cree conocerlos. Existen miles, millones de formas de lavar conciencias o de vengar con los hijos de los otros, lo que los padres por error cometieron y sin quererlo, con ellos.


-La mujer estaba lúcida, muy lúcida, hermano (empiezan a aparecer los personajes). No te creas ese cuento de que cuando alguien divaga es solo porque no está cuerdo. Acuérdate que los locos, los borrachos y los niños son los menos mentirosos: solo dicen lo que ven, lo que piensan y en lo que creen: no por locos, ni borrachos o niños; sino porque así es o fue: “porque parece mentira la verdad nunca se sabe” (…es que, a veces, la verdad nadie la cree).


-Pero, a esa mujer, yo ni la conozco, hermana. –Cómo de que no, si es la que te habla. La que un día te arrulló en sus brazos, para que te durmieras más rápido, para seguirle con el otro hermanito y luego ver si al fin la pequeña, pero mayor que los dos últimos varones, ya se había dormido también: que contándole un cuento a uno, era como si se los contara a los tres. Solo que algunos no se dormían -al contrario- se despabilaban y querían que el cuento nunca acabara.


Bien, pues imagina que en un parpadeo, aquella adolescente creció y en otro, se hizo adulta; luego vino un ventarrón, de esos que cambian de lugar, ciudad o región los pajonales del desierto, y se volvió vieja. Que conste, he dicho vieja que no anciana; esto es otra cosa. Una muy distinta, como quince años de distinta. Y, sí, resulta que ahora es escritora, aunque muy pocos la conocen y seguramente menos son los que la leen. Como que solo escribe en el periódico más pequeño de su localidad, y este no compra publicidad. Pero es decano, y tradición vestido de papel, tinta y verdad.


Mas, no lo dudes, es escritora; como que escribe desde pequeña. A veces escribía solo con la mente y traducía a la oralidad; luego, le añadió teatro de luces y sombras con velas, veladoras, muñequitos de papel pegados sobre cartoncillo y un cortinaje delante y detrás del escenario. Hasta que cierto día tomó una estilográfica y empezó a escribir sobre páginas de papel en blanco, de esas que no tienen rayas dónde poner las grafías para irse derechito.


Luego le dio por golpear el teclado de la “Rémington” de su papá, y siguió y siguió escribiendo. A veces volvía a la pluma y unas cuantas hojas, pero cocidas con hilo y contenidas en forma y cuerpo de libreta o diario. Y cuando más no tenía a la mano, escribía sobre la parte trasera de los recibos o papeles usados que estaban por allí, invitándola a no levantarse de donde estuviera arremolinada. No le fuera a suceder que la inspiración escapara, si se levantaba de aquel sillón. En esta época ya era un adulto joven.


Y entonces, no eran los hermanitos su audiencia, eran los hijos: sus testigos de hacer prosa o versos: contando y recontando sílabas, tachando y borroneando. Nunca le gustó usar el carboncillo o lápiz para escribir. Sus grafías, y las mías también, siempre han sido feas, desproporcionadas, sin rectitud… y, ¡con lápiz, horripilantes! Por lo menos el color negro o azul de la tinta salta a la vista y se puede ver mejor.


También los hijos, de pequeños, le reclamaron sus relatos y cuentos, generalmente inventados al vuelo de la imaginación, por la necesidad de dormirlos y el deseo de acercarlos al mundo imaginario, fantástico, a la ficción entretejida con hechos y realidades conocidas para ellos. La niña nunca tuvo dificultad para dormir, siempre fue más tranquila, si era hora de dormir, dormía; cuando la hora de comer se prolongaba, eran los únicos momentos u ocasiones en que ella desesperaba un poco: el hambre, la ponía de “malas”. …¡Y, todavía!


Pues sí, como te iba contando… al hombre aquel ni lo conocía, pero lo imaginé y eso fue suficiente para materializarlo y luego internalizarlo en mente y corazón con una vestimenta que nunca tuvo, no tiene ni tendrá. Así somos los románticos; ¡que se le va a hacer! Nada. Asumir el error o desechar la imaginación. Pero si esto último hiciera, no podría respirar, me ahogaría. Sin el océano no hay vida marina. Sin el viento, las aves no vuelan. Cómo vivir sin los sueños, cuando estos son nuestra mejor realidad.


Y, en un santiamén, la mujer bajó la mirada, la posó sobre una hormiguita que llevaba una migaja de algo y atrás de ella, todo un ejército cargado de alimento para depositarlo en el hormiguero. Guardó silencio por varios segundos, quizás minutos, al cabo de no más de dos, levantó su frente, miró al trío que formaban la audiencia y les dijo: ¡Mi silencio!, les apuesto mi silencio, por el resto de la velada, a que todas esas hormigas son hembras: ¡y madres, para mayor exactitud!


La única mujer allí presente, además de ella, asintió al tiempo que con suave pero firme y grave voz dijo: -sin duda; totalmente de acuerdo contigo, ¡hermana de corazón! Los varones se miraron a los ojos y al unísono aceptaron: cierto, solo las madres piensan antes en los demás, y particularmente, en sus hijos: seguro se avecina una tormenta y no podrán salir del hormiguero mientras esta dure.


Sin esperar respuesta, ni la continuidad de la catarsis consanguínea y bohemia, el menos viejo de los cuatro ahí reunidos aquella tarde, el más joven, al que aún le resta por llegar a los sesenta, exclamó:


Que esta coincidencia en criterios de la última tarde-noche de reunión, que nos ha llevado a nuestras infancias y a platicar sobre Daniel Sada y tantos más excelentes escritores mexicanos, mientras esperamos por algunos años más a que los buenos vientos soplen y nos reúnan de nuevo, brindemos por la ocasión.


-Hagámoslo, -dijo levantando la copa con Tinto, la que inventa historias y se deleita en repetir frases de quienes ama por su obra, aun sin haberlos conocido.


-“Mirándonos a los ojos”, hermanos: como diría tu amiga en Suiza, TiTo.



« Redacción »
No hay comentarios
Para publicar un comentario relacionado a la nota por favor llene todos los campos del siguiente formulario