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Pinturas rupestres y Arte Naif

Cuevas de AltamiraCuevas de Altamira

Autor:Olga de León / Carlos Alejandro   |    Publicacion:04-03-2018

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La calma empezó a arribar, tras dos minutos de haber subido el último escalón, el dolor fue desapareciendo.

 

Altamira y el café
Carlos Alejandro

Escuchaste sobre las cavernas de Altamira cuando para la clase de Historia del arte en la universidad, compraste un libro ilustrado con fotografías de las paredes internas de las cuevas; lo recuerdas fácilmente.


Delante de ti, en la fila que haces para comprar un chocolate caliente en el Starbucks, se encuentra un albañil con gorra roja en la cabeza.


Al viejo de cachucha le toca el turno y ordena dos cafés: un cappuccino y un moka, más tres panqués, y mientras la señorita que atiende su orden coloca dentro del horno los panes, el hombre toma una barra integral con frutas, empaquetada en plástico, y la añade a su cuenta.


A unos cuantos metros de él, en una mesa para cinco personas, estaban siete estudiantes de la escuela privada cercana a esa área, discutiendo sobre cómo filmar la tarea de cine que deberán entregar la siguiente semana: Un spot promocional dedicado a las cuevas de Altamira. Escriben algunas ideas en sus laptops y celulares. “¿Qué más?”, pregunta uno. “Podemos filmar en la graduación, con los murales de Siqueiros”, escucha decir a otro: “bienvenida la idea”, y…


El albañil espera en la barra, ya con sus dos bebidas calientes en las manos, a que esté lista su orden de muffins-panqués. Y alcanza a escuchar: “si la marca nos da el dinero y los fondos para los viajes, podremos hacerla”. El albañil piensa en los trescientos cincuenta pesos que acaba de gastar en su pedido, pagados con un billete de quinientos, con las imágenes de Frida Kahlo por un lado y de Diego Rivera por el otro.


Se regodea -balanceándose y acomodando su gorra- cuando la fila comienza a acumularse detrás de él, en la barra, donde cada uno está en espera de su bebida. Ninguno ha gastado tanto dinero como él, ni tan despreocupadamente. Piensa, orgulloso de sí mismo, en su concuñado, quien no sabe que con ese nombre, concuñado, él se refiere al esposo de la hermana de su propia mujer. Se siente superior a él, ahora que ambos los visitan desde Sonora, y que ninguno ha probado el café de Starbucks; ni conocen cafeterías como esa. Algún tipo de café probarán ellos diariamente, seguro el soluble en agua caliente que cada mañana preparan en la estufa de su casa…


Pero ahora, sobre la elegante calle de Reforma de la Ciudad de México, el albañil sale por la puerta de cristal y camina sobre la banqueta, orgulloso, cargando con dos cafés y tres panes. Aunque él tampoco ha probado el café de Starbucks, imagina el agasajo que su familia política recibirá media cuadra más adelante, donde lo esperan sentados en la acera. Y recuerda, otra vez, el billete de quinientos pesos que dos días antes, encontró dentro de una billetera tirada sobre el pavimento, cerca del edificio en obra negra en el que trabaja.


Madre mexicana


Olga de León

Estabas muy cansada y adolorida, aunque en el cuerpo realmente nada sentías. No era que tuvieses algún dolor físico, no. Era eso que llaman alma, espíritu o qué sé yo, lo que te dolía tanto como si te hubiesen aporreado por todos lados: espalda, brazos, piernas… hasta la cabeza. ¿Cómo se puede sentir alguien tan mal? Te preguntabas, sin saber exactamente por qué te sentías así, ni dónde se localizaba exactamente el dolor. Entonces recordaste la fibriomialgia, y lo triste que resulta para quienes la padecen que no se les crea que realmente están sintiendo dolor.


Esa tarde habías recorrido un kilómetro cuando mucho, en pequeños espacios diferentes; no caminaste sin parar esa distancia, pero sí subiste demasiados escalones contra lo que haces rutinariamente. Empezaste a sospechar de tu dolencia cuando se te marcó en el pecho y sobre un hombro, el derecho. No, no puede ser amenaza de infarto: mi corazón, colesterol y presión arterial andan muy bien, pensaste de inmediato.


La calma empezó a arribar, tras dos minutos de haber subido el último escalón, el dolor fue desapareciendo. Sueles tener control sobre ciertos sentimientos, ataques de ansiedad y dolores, los conoces y no dejas que te dominen. Eventualmente, te puede invadir una tendencia hacia la tristeza; son tantas las vicisitudes por las cuales nada puedes hacer, y en esos momentos, ¡menos reír!, como si nada ni nadie más importara (pensabas). La tristeza te cae por eso, por lo que ves, por los demás, por lo que te parece que es (y lo es) injusto, por tanta gente en la miseria, por los niños de la calle, por los ancianos abandonados a su suerte y los que aun tienen que trabajar aunque sea por las propinas, a pesar de ya haber cumplido más de sesenta y cinco o setenta y tantos años más.


El dolor cedió, unas lágrimas rodaron por tus mejillas, al tiempo que la mirada se te fue aclarando, como si esa lluvia salida de tus ojos hubiese limpiado un poco el agobio. Justo porque eres así, te gustan los días lluviosos fríos que tanto daño le causan a tus huesos, músculos y nervios del cuerpo. ¡Ah!, pero cómo los disfrutas: contemplándolos tras el cristal de las ventanas y bien arropada. Sí, me dijiste ese día, en silencio. Luego tomaste un bolígrafo, la libreta - diario que siempre tienes a mano y escribiste algunos versos; esos días sacas el mejor provecho de la madre naturaleza y de tu espíritu. En una o más ocasiones, te oí repetir una frase muy vieja: “si tienes limones, haz limonada y no pidas agua de Jamaica si no tienes flores suficientes para hacer una jarra”. Creo que tú la has editado o cambiado un poco.

Pero, no dudo de que esa es la norma que guía tu vida, por eso luces feliz, aunque carezcas de lo que a otros les sobra y padezcas lo tuyo, sin pedir trompetas ni aplausos para la actitud con que lo enfrentas. Más bien, haces como que nada te acongoja, nada te duele, nada que provenga de tu persona; solo el dolor ajeno te puede doblar, especialmente el de los hijos. Lo sé. Te entiendo, como que también soy madre.


…mira lo que el lienzo en caballete, “Madre mexicana”, de tu hijo, expuesto en la Universidad Pedagógica Nacional, te regaló: ¡un cuento! …o, ¿serán dos?

Un Moisés con rostro de músico.


Olga de León

La fila iba creciendo, la gente llegaba de todos lados, algunos vivales, intentaban meterse, en cuanto veían la oportunidad si alguien no se daba prisa en moverse hacia adelante. Pero no eres el único a quien le molestan tales atropellos, otros evitaron que entrara en medio de la fila: “la cola está atrás; allí no te corresponde”. Habían anunciado que sería el último día para solicitar la reposición de la identificación oficial, sin la cual, quien no la tuviese -por la razón que fuera- no podría votar en las ya próximas elecciones, entre ellas la de Presidente de la República. Alguna vez honrosa y honorable posición ante la nación y el mundo; ahora, tan mancillada y desprestigiada, desde hace varios sexenios: y ni pena sienten los corruptos rateros e incapaces, algunos hasta asesinos, que se han sentado en la silla presidencial; ¡ah!, y todavía se atreven incluso a dar pública opinión, los que viven.


Llegaste a la ventanilla, te identificaste, diste el motivo de tu solicitud de reposición, y saliste contento porque podrías votar. Llegado a casa, estuve a punto de preguntarte: “…y cuál es el menos peor al que le darás tu voto para Presidente de México”. En cambio, callé, no tenía caso preguntarte. Harás lo que mejor te dicte tu conciencia de hombre recto, bueno y honrado (como pocos).


Entonces recordé, y te pregunté: -Ya elegiste qué obra prefieres de las que pintó el hijo. –Sí, ya le avisé que le compraría el Moisés que parece que tiene una paleta de pintor en lugar de la piedra con los Mandamientos. ¡Claro!, supuse que esa te gustaría más. Sabes que a él le parece haber usado -sin premeditación alguna- el rostro de Armando Luna (q.e.p.d.), compositor y profesor del Conservatorio, con quien pudo tomar algunos cursos. Sí, y por ello, me gusta más ese cuadro, tiene un gran significado. Pero, no me acepta que se lo compre, dice que me lo regala. Lo mismo me pasó a mí y a su hermana: nos regalará una pintura a cada uno. ¡Habrá que comprarle otra!, al menos tú una y yo otra. Yo ya sé cuál le compraré, si no le pone precio, yo se lo pondré. Y, ¿tú?... Se quedó pensando un rato. Tengo que volver a ver la guía de sus cuadros… la que nos mandó.



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